16.2.08

Ulysses...

δυσσες

"Todos los que pudieron evitar la negra muerte, escapándose de la guerra y del mar, habían vuelto a sus hogares; pero Ulises quedaba solo, lejos de su país y de su esposa...".
La Odisea, Canto número I
Homero


El día, todavía sin su máximo esplendor, era alumbrado por los faroles que de las interminables calles de Buenos Aires. La ventana estaba media abierta y cerrada pero, ante la ausencia de los rayos del sol, lo recién descrito carecía de importancia, más que nada porque, al menos a esas horas, pocas cosas podían despertarme. Tal vez intente ese reto alguna bocina de auto o el ruido de algunos pájaros cantores que, al parecer, estaban más dormidos que yo.
El despertador o el despertador celular (gracias a la tecnología) me indicaba que ya era hora de levantarme. Un rápido salto y hago uso de mi condición de bípedo. Lo de extrañarse era que no me sentía tan soñoliento como de costumbre aunque el espejo, me señalara lo contrario.
Una rápida ducha de 10 minutos y disfruto del desayuno con el abrigo de la televisión matutina. Uno de los beneficios de ver tele a la mañana es que el rating no importa, por lo tanto. no nos encontramos con una programación tan contaminada como estamos acostumbrados en los horarios "prime time" (siglas en inglés que significan horario estelar, suena más "top" prime time). Un viejo capítulo del "Increíble Hulk" (la serie vieja, no la película infestada de efectos especiales) logró retenerme en casa hasta las 7 de la mañana.
La Avenida estaba completamente vacía. Yo contaba las monedas y al mismo tiempo miraba hacia atrás para que el chofer del colectivo velocista me tome por tonto y me haga esperar 5 minutos más, frecuencia APROXIMADA de los colectivos de la ciudad.
El horario tope para el recibimiento de personas al edificio era las 8 de la mañana. Afortunadamente, colectivo y subte todavía es la inversión de dinero y tiempo mas rentable que uno puede conseguir en la cartelera de servicios de transporte, a pesar de que los aumentos "mínimos" a los que estamos acostumbrados intenten machacar el sueño de un viaje rápido
Con copete de gorrión me dirijo al registro de extranjeros. Haberme levantado a las 6 de la mañana me daba una confianza que en unos segundos iba a ser derrumbada por el poder de la realidad. Seguramente las 50 personas que ya se encontraban sentadas, con número en mano, fueron mucho mas precavidas que yo. Solo la esperanza de una burocracia rápida, segura y eficaz me daba el consuelo de no tener que echar raíces en el lugar para cumplir mi cometido.
¿Cuál es mi cometido? simple, conseguir mi certificado de nacimiento, no la partida, esto es otra cosa, es un papelito en donde dice donde nací y quienes son mis padres, verán, para sacar la cédula de identidad argentina me solicitan, además del DNI, la partida de nacimiento ¿El inconveniente? mi partida no está visada por mi país y el consulado que, teóricamente es la representación de mi nación, no lo puede sellar por lo tanto debo irme hasta mi país para efectuar el trámite. Por cuestiones de dinero y tiempo esto me resulta casi irrealizable. Afortunadamente, gracias a un amnisticio de un presidente anterior, el trámite se podía realizar también con este certificado que les comenté, solucionando aparentemente mis inquietudes de ciudadano argentino-extranjero.
La policía de la entrada me consulta extrañada si yo era extranjero y si tenía el documento, me indica que saque número en la "caja 1" y espere. Mi número de la suerte es el 64. El cartel luminoso mostraba el numero 25. Mis esperanzas de que la palabra "trámite" significara eficacia y rapidez, como estamos acostumbrados para el uso de dicha palabra, seguía intacta ¿curioso no?
Estaba sentado en un banco que por cierto estaba roto y me obligaba a hacer equilibrio para no quedar con mi cuerpo paralelo al suelo. De a poco mis sentidos se agudizaron y empecé a estudiar la forma de operar del lugar. En la parte izquierda del edificio, se encontraban las "cajas", primer destino en donde tomaban el nombre y el trámite a realizar, luego derivaban a la gente a una segunda instancia en donde confirmaban los datos. Si lo realizado tenia un importe a pagar entonces el 3er destino era la caja. Luego de abonar, la instancia 4ta y última era donde confirmaban la confirmación de la solicitud del trámite a realizar y la posterior demora de la entrega del certificado, un método infalible en donde no hay lugar para errores. Confirmación de la confirmación, más que curioso pero necesario supongo.
Observando la fachada del lugar me recordaba mucho a la infraestructura de una iglesia. Grandes columnas a la entrada y el techo de cristal, intuía que en algún momento tal vez lo fue. La caja uno estaba posterior a una barra que cruzaba la parte izquierda del lugar, muy parecido a un banco en donde la gente espera ser atendida y una barra separa al personal del banco y a las personas normales. Las cajas en realidad estaban compuestas por una computadora y no eran cubículos, todo estaba como sin separar y separado al mismo tiempo. A la izquierda a las cajas de la primera instancia, se encontraban las cajas de la segunda instancia, en total tres, seguramente para poder efectuar el proceso de gente rápidamente. Al final de estas, unos dos metros continuando el sendero, se encontraba la caja de la 3era instancia. Esta se encontraba atendida por un muchacho de pelo largo muy al estilo "sui generis". Dando una media vuelta hacia la izquierda ya se encontraba una especie de salón en donde las mesas de los empleados públicos se encontraban enfrentadas al estilo "tribunal" con los asientos de los solicitantes extranjeros. Todo estaba delimitado y organizado y, al mismo tiempo como en una doble dimensión, limitado y desorganizado.
Lo llamativo también estaba en la gente que componía al grupo mayoritario expectante entrante. Pude encontrar un crisol de razas. Me sentía en los ejércitos antiguos en donde gente de todas nacionalidades conformaban el mismo grupo. Asiáticos y sudamericanos, africanos y europeos, rubios y morochos, de piel ebanica o blanca como la nieve, todos conglomerados en el mismo lugar por causas parecidas.
La gente comenzaba a impacientarse, los números no avanzaban. Uno de nosotros finalmente decidió tomar partido y se acerca para informarse sobre la demora, cruza un par de palabras con uno de los empleados y se vuelve a sentar. ¡64! aúlla el encargado de la caja número 1:
_¿para que venís?
_para el certificado de nacimiento
_¿libreta?
_no no, certificado. (toma mi DNI)
_Muy bien, pasa por ahí que ya te atienden.

En el segundo sector, la cantidad de asientos era más reducido que en el primer obstáculo. Igualmente, la sensación de estar más cerca de salir reconfortaba cualquier incomodidad.
Cuando me encontraba totalmente confiado de mi suerte, un evento logró perturbar la quietud de mi alma. Una de las empleadas de las máquinas de la caja 2 deja de atender al público. Se queda en su posición, mirando a los costados como desganada. Resoplaba como obrero en día caluroso. Su pose nos inquietó a todos, no es que no nos llamara la atención que estuviera cansada, sino que no entendíamos como pudo estar unos 20 minutos sin atender al público sin que nadie dijera nada. Hasta tuvo tiempo en el intering de su mini recreo de preparar el mate. Ella guiaba totalmente su destino y el de todos sin que ningún superior indicara reproche alguno. Las caras de mis compañeros de aventura irradiaban indignación y bronca por este suceso hasta que finalmente las fieras se aplacaron con la toma de actividades por parte de la mujer.

_¡Joyce!
_Hola, que tal.
_¿para qué venís?
_Certificado de nacimiento.
_¿partida?
_ no no, certificado (ya el tono emanaba un poco de descontento)
_pasa por ahí que ya te cobran. 16 pesos.
_Gracias.

Me dirigí directo a los dominios del chico sui generis, había dos personas adelante pero igualmente llamaba por apellido.

_Joyce, Iván.
_ Mi nombre es Juan (contesté extrañado).
_ uhh, bueno te lo arreglan allá, total no pasa nada, 16 pesos.
_Bueno, gracias. (contesté entrecortado sin ninguna seguridad).

Me dirigía, ahora si con una sensación extraña en el pecho, al tercer y último obstáculo. Presentía que era el último pero no tenia la certeza. Lo del nombre me preocupaba. ¿y si esperé una hora para nada? ¿y si por un error ajeno debía efectuar todo el trámite de nuevo? El chico sui generis aplacó un poco mi inquietud pero igualmente tenia certezas, no seguridades.
Me senté frente al "tribunal". Este estaba compuesto por tres personas, todas superiores a los 50 años. El primero de derecha a izquierda era un hombre mayor teñido de pelirrojo y con bastantes sesiones de cama solar en su haber. Gozaba de un acento suave y voz fina. Al hablar levantaba su mano a la altura del cuello y quebraba su muñeca, meciéndose esta, cada dos o tres palabras. El segundo hombre era un señor calvo, con barba y anteojos al estilo padre de familia. Se quejaba por el calor, y tenía aires de jugador de bingo por la postura impaciente al escribir y recibir a las personas. El tercero y escollo final en mi aventura, también calvo y de anteojos, parecía en vez de jugador de bingo, jugador de tejo. Tenía una chomba blanca y hojotas, recién venido de la playa, lo único que le faltaba es el protector solar blanco cubriendo sus pómulos y la nariz. Los otros dos iniciaban la fase final y este era el encargado de finalizar el trámite.

El segundo hombre efectúa el alarido tan esperado: ¡Joyce, Iván!.
_Es Juan, me anotaron mal.
_ Uh! bueno, pará que lo anoto (tachó directamente en la hoja, con media lengua afuera como relamiéndose, como si faltaran dos números para gritar bingo, finalmente me devuelve la hoja).
_Gracias.
_Espera ahí que en un rato te llaman.
_Está bien.

Todavía me inquietaba el error de nombre. Por lo que me comentaron no había problema alguno pero la inseguridad invadía mi ser. El tercer hombre pronuncia mi apellido:
_Joyce
_Si.
_Acá tenes, volvé en unos..calculale 35 días hábiles maso menos.
_ Ok, 35 días, ¿es el certificado no? (indague con un tono instigador)
_ (Toma la hoja recién entregada) Ehhh, si... si, certificado nacimiento (contesta con un tono no muy seguro).
_ Bueno, gracias eh.

Cuando me disponía a irme con el trofeo de guerra en mi poder, el segundo interrumpe mi huida:
_Los 35 días son aproximados, volvé en abril porque si te decimos 35 días y no está en ese plazo, nos vas a querer matar.
_ bueno, esta bien (por dentro pensé: ¿Quien dice que no lo quiero hacer en este momento?).

Casi resignado me dirigí con rapidez a la salida, pasé por los tres sectores y vi prisioneros, vi personas pasando por el mismo camino que yo. Vi asiáticos y sudamericanos, africanos y europeos, rubios y morochos, de piel ebanica o blanca como la nieve, pasando por lo mismo que yo. Vi a los empleados resoplar como si fueran burros de carga, vi gente resoplando y aguantando la impaciencia, jugando con ella, retándola a retraerse. Los ruidos de los resoplidos, el tipeo de las computadoras, los apellidos nombrarse y el bullicio sonaban casi como una sinfónica totalmente sincronizada. Por un momento todo me dió vueltas, la sinfónica continuaba, el ruido no cesaba, me agobiaba. Estaba fuera de mí, se había creado un tiempo-espacio alternativo en donde era agobiado por la "música" del lugar. Un apellido me toma de la mano y me devuelve a la conciencia. ¡Celayaaa!, fue como un cachetazo, fue mi ticket de vuelta a la cordura.
Cuando pasé por la salida escuché algo que cerró mi historia en ese lugar. Una persona, próxima a ingresar le hizo una consulta a la policía que me recibió en un primer término. Algo relacionado a unos números de seguro o algo por el estilo. La contestación fue: "la verdad señora, hoy no me haga pensar, es 13". Pensé por dentro que relación tiene la mitad de mes con la capacidad de pensar. Vino a mi mente el estereotipo de empleado público que tiene la sociedad argentina; alguien haragán, cómodo, flojo e ineficiente. Es una imagen difícil de romper especialmente porque la frase de la mujer coincidía con el estereotipo, le daba hogar y abrigo, lo alimentaba como la madera al fuego. No quise prejuzgarla pero todos mis esfuerzos fueron en vano, me entregué de lleno a mis oscuros pensamientos. Tal vez mi impaciencia atentaba con todo el lugar, mi percepción probablemente se encontrara difusa por las ganas de finiquitar el proceso velozmente, hacerlo un "trámite" con el significado que le dan nuestros padres y que nosotros también hemos adoptado sin modificar el sentido dado de antemano.
Creo que las sensaciones las he compartido con todas las personas que estaban en ese lugar, impaciencia, rabia e incluso hasta ira pero por suerte todo había terminado.
Me dirijo ahora a la parada de colectivo pero algo me decía que no era el fin de mi travesía, que alguna aventura se mezclaría con mi destino. No me encontraba muy orientado así que me acerqué a preguntar a un grupo de policías que estaba parados en una esquina: "Disculpen, ¿alguno de ustedes sabe donde me tomo el 60?

FIN



2 comentarios:

Leo luego existo dijo...

Ecxelsa redaccion!!
Una pintura en letras de la "burrocracia" argentina!!
Excelente!!!
Con una opinion mas breve, no seria yo.

·ΙΙ μαιευτικη ΙΙ· dijo...

jajaja y generoso por cierto estimado. Muy buena su explicación de la revolución!!