18.12.08

Mundo Subterráneo...

ᾍδης


Una multitud de personas yendo y viniendo como si se tratara de un gran hormiguero gigante. El ruido de los colectivos y de los autos llena de “bochinche” el ambiente de la gran avenida. Un quiosquero sobre la calle Pelegrini muestra un rostro cansado, con sus ojos apagados y sus pómulos llenos de sudor. Dos españoles con valijas se quedan mirando maravillados el obelisco justo cuando la tarde se está comenzando a llenar de sombras. La temperatura del aire ronda por los 18 grados. Una señora suspirando y con el pelo hecho una maraña exhala: “es que no hace calor, lo que mata es la humedad”.

Un par de cuadras, yendo para el lado de la embajada de Francia, algo parecido a una entrada de subte irrumpe en el corazón del asfalto. Un cartel anuncia: “Galería comercial, Pasaje por Carlos Pelegrini, acceso A”. Fondo blanco y letras rojas.

Aproximadamente 26 escalones separan al exterior del pasaje. Al igual que un pasillo de subte la gente va y viene apresurada, como si llegara tarde a algún lado.

Bajando la escalera, a la izquierda, se ven la extensión aproximadamente de 110 metros del pasaje que cruza a toda la avenida 9 de julio por debajo. Está distribuido en T. A mitad de camino hay un pasillo a la derecha que lleva directamente a la estación de subte de la línea A Diagonal Norte. Tiene distintos negocios que se van distribuyendo por todo el pasillo principal. El piso, de un color arena, amaga entre la limpieza y la suciedad.

El aire falta y se mezcla con el olor a frito del bar “el rey del paty” que tiene características similares a los ubicados frente a plaza miserere. Barra ancha, la maquina de café en la esquina, los vidrios (que parecían nublados como una tarde de invierno en Londres) y el cartel con la marca registrada que le daba nombre al lugar. Un par de muchachos se ríen con el cantinero y están acompañados por la compañera de toda la vida, la rubia: una gran botella de Quilmes. Los rostros demuestran alegría y felicidad salvo uno que, completamente serio como boxeador de barrio pobre, tiene una mirada hostil y mira el fondo del vaso. Rápidamente “liquida” a “la rubia” en dos borbotones.

Unos metros más adelante al bar hay un local que vende Sahumerios de todos los gustos y colores. Desde vainilla hasta sándalo, desde rojo hasta dorado. Unas 20 variedades de sahumerios daban vida al negocio que también comercia distintos tipos de velas aromáticas entre otras cosas. La mujer que lo atiende, con una vestimenta New Age de unos 45 años cuenta (con no mucha seguridad) que la galería está desde el año 40. Con un gesto pensante finalmente se rinde y le chista al quiosquero: -Eduardo, vení, ¿cuál es el local mas viejo del lugar que no me acuerdo?- pregunta la mujer.

El hombre, un señor con barba y pelo largo, vestido con una remerita de tenis, pantalón corto y zapatillas hace memoria y señala: -Mirá, los más viejos son la peluquería y la tienda de juguetes-. La mujer acota: -si esos son los más viejos, es mas si vas para allá tenés la placa con el dato exacto del día que se fundó-. Ambos despiden con un tono amable y afectuoso. Sus rostros completamente en armonía y la simpleza en la mirada hacen pensar que Woodstock no ha terminado.

Una hilera de vitrinas adornan las paredes. En una de ellas algunos titulares de diarios viejos rememoraban acontecimientos importantes. La muerte de Bernard Shaw, la invasión de Malvinas o la muerte del Che eran algunos de los hechos que adornaban la vitrina. -Diarios de antaño local 13- titulaba un cartel en la parte superior. En el interior hay una señora sentada en una silla junto con pilas enteras de diarios guardadas en bolsas. “Esto lo heredé de mi marido cuándo me divorcié”, somos los proveedores generales. Los kioscos de la calle Florida me llaman a mí para saber si tengo ese diario exacto y luego yo se los vendo a ellos”.

El túnel se va acercando a su final. A la izquierda se ve la juguetería con reliquias como el soldadito del “Che” Guevara, Fidel Castro o la unidad completa de la SS alemana.

En la tienda de antigüedades “Numismática antigüedades” está a la vista el mayor símbolo nazi: la esvástica y el águila. Aproximadamente 15 de estas insignias llenaban la vitrina inferior.

Los carteles luminosos al estilo Las Vegas del “Rey del Paty” roban la mirada, pero en este momento se encuentra en remodelación. Los sonidos de la gente trabajando y el inconfundible aullido de una sierra eléctrica inundan el lugar.

Va quedando atrás el negocio de arte, atendido por una mujer vestida con una camisa de seda fina y falda. Su negocio con piso de madera e iluminación, muy al estilo de exposición en el “Palais de Glacé”, le impregna al lugar un aire de primer mundo.

Llegando casi al final, está la barbería-lustrería. Una persona lee el diario mientras le lustran los zapatos en un sillón elevado a altura para mayor comodidad del lustrador. El baño de damas está justo a la derecha que, fallando para las damiselas en emergencia, permanece cerrada. A 2 metros de altura, pegado al baño de damas, yace la placa anunciada por la señora de la tienda New Age.

Aproximadamente de unos 50 por 30, de bronce, muy parecidas a esas que aparecen en los monumentos. -Pasaje don Juan de Garay, Octubre 1949-. 58 años de vida, de viajantes que han gastado su dinero en alguna reliquia o baratija, de personas que deciden utilizar de atajo a la galería o simples turistas que pasaban de pura casualidad por allí.

El ruido del tráfico baja de los escalones de la salida. La señora de la zapatería prepotea en un tono elevado de voz, al estilo barrabrava, mirándolo firme y sacando pecho, al chico que atiende la tienda de ropa deportiva. El chico no se achica y se acuerda de la madre y de la hermana de la mujer con ironía. Un final de la estadía a todo vapor.

El cartel que indica Cerrito-Diagonal Norte se ve desde abajo. Ha medida que se va subiendo, el ruido se intensifica. Las almas buscan una vía para llegar temprano a algún lugar. Es la llamada “hora pico” en la Capital. El obelisco, adornado con luces, parece imponerse sobre el cielo cuando el sol ya ha caído. Miles de personas yendo y viniendo como si se tratara de un hormiguero gigante.


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