28.9.09

La aldea Delmañana...

ἀμβροσία

Los delmañianos eran un poblado tranquilo situado al pie de las montañas. La aldea se encontraba situada a nueve kilómetros del río, rodeada de una arbolada muy densa, lo que la ocultaba muy bien de los ojos de extranjeros.
Eran grandes agricultores. Para sobrevivir cosechaban la ambrosía, una fruta que sólo crece en los corazones más puros y justos de los hombres. Intercambiaban la cosecha a los dioses que bajaban del Olimpo y les traían víveres y alimentos. Debían administrar los bienes correctamente para no morir de hambre durante el crudo invierno. Las almas de los hombres tienden a hacerse agrias durante las épocas de frío extremo.
No tenían mucho contacto con el exterior. Sólo se enteraban de los hechos más importantes gracias a un heraldo que salía con su caballo en busca de las hazañas y proezas de los hombres. Las relataba a través de bellos cánticos que hacían reír o llorar a cada poblador delmañiano, ya sean hombres, mujeres o niños.
El lugar estaba administrado por un regente, que no era más que un organizador. Sobre él caía la responsabilidad de recaudar la ambrosía y acumularla para las temporadas de poca cosecha. Era uno de los cargos más importantes puesto que si fallaba en su tarea, la aldea entera perecería. El regente era respetado y valorado por los ciudadanos ya que se lo consideraba como el más puro y justo de los dalmañianos
Los días de luna llena la aldea entera se reunía bajo el abrigo de un gran fogón. Los hombres cantaban, saltaban y bailaban al son de las liras. Contaban leyendas de Dioses y seres extraterrenales. En esto el heraldo se destacaba por su capacidad innata del relato cantado.
El heraldo, si bien intentaba conservar un perfil bajo, era uno de los habitantes más queridos de la aldea. Todos escuchaban sus consejos. Como era el único que había estado en contacto con el exterior, se había hecho fama de sabio y todos iban en busca de él para que expusiera su opinión.
Un buen día, uno de los hombres afirmaba que los seres humanos provienen de la tierra, mientras que otro sostenía que vienen del cielo. Como ninguno de sus argumentos lograba superar al del otro, decidieron desempatar escuchando la opinión del heraldo. Su veredicto fue: "Los hombres no somos más que carne. No sé la respuesta pero lo que importa es que existen". A continuación los dos hombres se sintieron satisfechos y se fueron a sus casas.
Una gran nube parecía aproximarse a la lejanía. El clima estaba bastante extraño por esos días. La aldea parecía estar vacía, todo el mundo se quedaba en sus casas. De repente, el heraldo irrumpió en las puertas con mirada petrificada. "¡Al granero!", gritó exaltado. Los pobladores se miraban unos y otros no entendiendo lo que pasaba. De a poco, uno por uno, todos comenzaron a caminar para el granero, el lugar donde se guardaba la preciada ambrosía. De repente el mismo heraldo abrió la puerta de par en par y el miedo más horrorífico de todos los que se podían tener se hacía realidad: ¡Se habían robado toda la ambrosía!
Unos a otros comenzaron a culparse y rápidamente una riña se armó entre los vecinos de la aldea. Un tumulto de puños, gritos y llantos fue silenciado por la voz del heraldo que pedía la palabra. Todos se detuvieron atónitos, expectantes a las palabras del respetado vecino.

"Amados habitantes de Delmañana, debo decirles que mis ojos han contemplado el peor de los crímenes. Ustedes bien saben que yo soy los ojos del exterior y nunca les mentiría. Mis palabras se funden con la verdad y lo que tengo para decir no es más que los hechos convertidos en palabras. Debo decirles los que mis ojos, o mejor dicho nuestros ojos, vieron"....
Uno de los aldeanos gritó: "¡Dilo, dinos que vimos!". Otro empezó a tomarse las manos con angustia. El regente era el único que se mostraba calmo.

"Tranquilos compatriotas", dijo el heraldo que con sus manos hacía señales de calma. "Lo que viene a continuación no es más que la mera verdad. Vi al regente cargar toda nuestra ambrosía y sacarla en carreta por las puertas de la ciudad. Miren lo que encontré en las puertas". La mano izquierda del heraldo sostenía un pedazo muy pequeño del preciado bien. Todas las miradas de los pobladores se dirigieron hacía el regente que se encontraba ahora con una expresión que irradiaba incomprensión. "¡Rápido!, ¡Atrápenlo!" empezaron a gritar muchos. "¡Qué no escape!" exigían otros. El regente fue tomado y encerrado en una celda, a la espera del veredicto que definiría tal acto aberrante de corrupción.

"Desterrémoslo para siempre de la aldea" sugirió uno, "Mejor cortémosle una mano" afirmó con fiereza otro. El heraldo tomaba la palabra. "Mejor hagamos otra cosa", sostuvo. Se puso de pie y profirió un convincente discurso:

"Amigos, no soy quién para decirles lo que tenemos que hacer. Me apena haber sido yo el que tuvo que informar este hecho lamentable para todos. Yo, que soy sus ojos, me siento desgarrado por confiar en el regente y habernos dejado engañar así. Por lo tanto, propongo darle una solución definitiva y así poner un ejemplo. No hay nada más definitivo que la muerte".

Todos gritaron horrorizados. Al principio no estaban para nada de acuerdo. Dándose cuenta de esto, el heraldo volvió a tomar la palabra. "Amigos, se que es algo crudo. Pero piensen en sus hijos, piensen en que el regente les ha sacado esto a sus hijos que tanto quieren. No le estamos dando menos de lo que merece ¡¿Que hubiera pasado si se aproximara el invierno, que hace agria las almas de los hombres y nos empuja al hambre inevitable?!
"¡Tiene razón!" exclamaron todos. "¡Matémoslo!" gritó exaltada una de las madres.
Todos se dirigieron a la celda, tomaron al regente y lo llevaron a la plaza. Prepararon una especie de plaza de tortura y antes de liquidarlo con la guillotina le dieron el beneficio de las últimas palabras:

"No voy a decir nada que ustedes no sepan. Soy culpable, tanto como ustedes..." el heraldo lo interrumpió: "¡esto es inaudito!, terminemos con esto, ¡nos culpa a nosotros!". El tumulto continuo y pusieron con prisa su cabeza en la guillotina. Antes de que la hoja de acero oscureciera su mente y le diera sueño eterno dijo: "acuérdate de comprar un gallo para Asclepio".
El juicio se había consumado y los pobladores retornaron tranquilos a sus casas. El culpable a los ojos de todos, había sido enjuiciado y castigado por su corrupto crimen.

Si bien todo parecía estar en orden tras la muerte del regente, la calma no volvía al pueblo. Por las calles se respiraba una sensación de agonía que nadie podía explicar. El único sonido que se escuchaba era el jugueteo amargo y suave de un par de niños que pateaban una pelota.
Uno de los vecinos se puso a conversar con el otro sobre el futuro de Delmañana. Había pasado todo tan rápido que no notaron que la aldea ya no contaba con un administrador. Al poco tiempo muchos vecinos se congregaron en la plaza y fueron a recurrir al único ciudadano que los podía sacar de esa situación, ¡el heraldo!
La congregación llegó a la casa y golpearon la puerta. Pero nadie contestaba. Volvieron a insistir con más fuerza pero parecía estar vacía. Resultaba extraño que el heraldo no esté en casa por esas horas porque no solía hacerlo tan temprano. Se lo buscó por todo el lugar y nada. Ni un rastro de él. Algunos comenzaron a elaborar las teorías más inhóspitas. Unos decían que se había ido a cosechar al monte con su propio cuerpo toda la ambrosía que el regente se había robado. Otros confirmaban de que era un ser tan magnánimo que había sido convocado por el celestial para que le cantara las historias más bellas. Pero de repente, la voz de uno preocupó a todos: "¿y si le había ocurrido algo y yacía muerto dentro de su casa?" Era sensato y no se le pasó a nadie por la cabeza una cosa semejante. Varios hombres tomaron un tronco tirado y lo usaron de ariete para derribar la puerta. Con tan sólo dos golpes estaban dentro de la casa. Lo que encontraron dentro era algo que helaba la sangre, aún más del día en que el granero había sido vaciado. Toda la ambrosía que faltaba estaba dentro de la casa del heraldo. Ni rastro de él.
La cara de los pobladores comenzó a llenarse de ira rápidamente. Uno comenzó a llorar porque se dio cuenta que habían matado al regente en vano. Otro comenzó a golpear una de las paredes de la casa hasta que el puño quedó bañado en sangre. Dos niñas miraban a sus padres y preguntaban lo que estaba pasando. Era confusión y rabia hasta que un ruido del exterior acaparó la atención de todos: El canto del heraldo que se acercaba lentamente a la casa.
El grupo de pobladores se convirtió velozmente en una turba iracunda que propinaba gritos y alaridos. Eran fieras rabiosas dispuestas a matar sin juicio previo por el engaño al que habían sido sometidos. El heraldo venía a caballo y se mostraba tranquilo. Aún cuando vio a los rostros furiosos conservó la calma. Saltó del caballo y miró a todos con una sonrisa: "Como andan buenos vecinos, ¿que os trae por aquí?".
Uno de los ancianos tomó la palabra: "Heraldo, maldito Heraldo ¿nos has engañado a todos y aún así pretendes simular como que no ha pasado nada? Tu cobardía debe ser pagada con el rigor más alto y se te debe acusar de asesinato por la muerte del regente".
El heraldo, que seguía conservando su calma replicó: "Anciano, tu eres bien sabio y sabes que soy completamente desinteresado, se lo que parece y no lo es. Puesto que yo soy la encarnación de los verdaderos ojos de esta aldea voy a decirles la verdad. El verdadero plan del regente era matarlos a todos. La tan ansiada ambrosía de la cuál creíamos que dependían nuestras vidas no es más que veneno, lo he probado en unas ratas y han muerto con tan sólo probar un poco".
Una cabeza de la turba se alzó y se hizo oír: "¡Blasfemo! La ambrosía es el alimento y el sustento que los dioses nos han dado, ¡como te atreves a decir tal cosa!".
El heraldo continuó con su afirmación: "Vecinos, seres amigos, miren el color de la ambrosía, ¿no les parece que su aspecto es un tanto nocivo? Es parecido a la miel, pero no es miel. ¿Algo que es pero no es, acaso no es algo de que temer?. Precisamente eso es el regente, alguien que parece bueno pero no lo es. ¡Por los dioses, el regente trató de matarlos y afortunadamente los salvé!"
Y a medida que continuaba el discurso, la gente lentamente comenzó a bajar sus ánimos hasta que finalmente se fueron tranquilos a sus casas.
La aldea Delmañana desapareció cuando al día siguiente el Heraldo y toda la ambrosía desaparecieron misteriosamente. Los dalmañianos no tuvieron otra opción más que marcharse a otras aldeas e intentar adaptarse a la vida mundana. Todo lo que quedó fue un pequeño pedazo de ambrosía en el suelo. Una rata vino y se la comió. Algunos cuentan que la rata vivió eternamente, puesto que el néctar de los dioses daba la vida eterna a cualquiera que la comiera.

"Lo que se considera ceguera del destino es en realidad miopía propia"
William Faulkner

FIN

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