25.8.10

El ultimátum...

Ἀπόλλων

Era una bella mañana cuando en el Olimpo los dioses se encontraban reunidos. Apolo tomaba la palabra:

"Hermanos nos encontramos todos juntos debido a que me urge realizar un anuncio. Debo decir con mucho pesar que la literatura está muriendo. La vi nacer como un hijo más, la vi crecer en el alma de los hombres.
En el período conocido como la Edad Media, los libros le fueron negados a la mayoría. Sin embargo, con una fuerza titánica, pudo librarse de sus captores. A medida que la analfabetización decrecía, la lectura de la literatura se hacía fuerte. Nacieron grandes autores y el mundo se pobló de lectores. Los inventos tecnológicos del hombre ayudaban a ésto. La imprenta permitía que una inmensa cantidad de libros lleguen a las manos de hasta los más pobres y desdichados.
Algunos desde antaño vieron en los cuentos, en las novelas y en los poemas grandes enemigos. Ordenaron quemas públicas de libros, destrozaron bibliotecas y hasta dieron muerte a grandes escritores y pensadores. Combatieron a la literatura porque ella da libertad, pero no una libertad del ser social o cívico, sino la libertad de mente, esa que sólo pocos pueden lograr.
Hermanos no es novedad la labor autodestructiva de los humanos. Los hombres se tiranizan unos a otros prácticamente desde su creación propiciada por nuestro padre olímpico.
La acción premeditada de muchos líderes han creado una era actual de desencanto y míseria en la tierra mundana. Los niños se alejan cada vez más de las artes para rendirse ante los vicios y las malas costumbres. Los libros se llenan de polvo y la literatura de a poco muere como un árbol putrefacto, devastado por la inundación.
Propongo dar un ultimátum al hombre. Si esta situación no cambia en cincuenta primaveras le daremos la autorización a Ares Olímpico para que desencadene una ola de destrucción y muerte en la tierra de los hombres".

Apolo dejó de hablar. El panteón aprobó la moción de manera unánime.

Más abajo, en la tierra, una niña se acercaba a una biblioteca. Tomaba un libro, luego dos. Contemplaba a Borges, Joyce y a Homero. A medida que leía en su pecho crecía un fuego. Prometeo caminaba entre los hombres...

FIN

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