21.5.12

Trotamundos: Bruselas...

Salimos del hotel rumbo a la estación Gare du Nord. Debíamos tomarnos el tren rápido rumbo a Bruselas. Esperamos media hora hasta que nuestro medio de transporte llegó. Lo cierto es que el tren por dentro era de unas prestaciones ultramodernas. Esperamos unos 10 minutos hasta que empezó el recorrido.
Por la ventana podíamos ver los paisajes de Francia, sin duda preciosos. Todo el viaje duró aproximadamente unas 3 horas.
Bajamos en la estación Gare du Midi. Tomamos nuestras cosas y nos dirigimos al centro de atención al turista ubicado dentro de la estación. Por cierto esta era enorme. Repleta de tiendas, todo el edificio ocupaba tal vez unas 4 manzanas. Llegamos a la oficina y con mi modesto inglés le compré un mapa y le consulté por la ubicación de nuestro hotel.
Nos dirigimos con las valijas hacia donde la empleada nos había indicado y para nuestra mala suerte comenzó a llover. Lo cierto es que el exterior de la estación era aceptable pero no coincidía con la imagen ordenada y pulcra que tenía previamente de la arquitectura belga.
Empezamos a caminar bajo la lluvia pero rápidamente notamos que las calles, por lo menos en esa parte de la ciudad, no estaban todas señalizadas como en las ciudades anteriores. Preguntamos a dos personas pero ninguna parecía saber o no entendían muy bien el inglés (en Bruselas se habla mayoritariamente el francés). Caminábamos eternamente en círculos hasta que notamos en el mapa, que ya estaba irreconocible por la lluvia, una plazoleta homónima de la calle, Rue Bara, a la que nos dirigíamos que estaba curiosamente situada frente a la estación. Al nombrarla entendían que nos dirigíamos a la plazoleta, lo que ocasionaba nuestra incesable caminata en círculos.
Superado el malentendido pudimos encontrar la calle y llegar al hotel. Para reconfortarnos el alma se trataba de un apart hotel, un premio después de tanto andar bajo la lluvia. Nos acomodamos, dejamos nuestras cosas y salimos a recorrer la ciudad.
Empezamos a caminar casi a ciegas hasta que dimos con una avenida repleta de restaurantes libaneses. Cómo teníamos mucho hambre paramos en uno y compramos unos kebab. Para acompañarles decidí probar una bebida con gusto a Uva, empalagosa pero rica. Es notable la gran cantidad de nacionalidades que conviven pacíficamente en la ciudad. En ese barrio las construcciones más bien bajas, de estilo antiguo y las calles estrechas propician un paisaje interesante para el turista.
Después de almorzar continuamos camino. Pasamos por el teatro de La Monnaie y su estilo griego y seguimos a la gran punta que sobresalía en el horizonte de edificios, el edificio del ayuntamiento situado en la Grand Place.
Al entrar en este punto central de la ciudad uno lentamente avanza hacia el pasado. Los edificios, todos alineados y pegados, con un estilo gótico impactan tanto por la majestuosidad de su tamaño como por su imponente iluminación. Estuvimos un buen rato en la plaza y luego seguimos caminando, ya de noche. Las calles, con arreglos de luces similares a los que vimos en Roma, adornaban toda la ciudad.
Seguimos recorriendo hasta que de repente escuchamos una conversación que por su tono nos resultaba muy familiar, demasido para el lugar donde nos encontrábamos. No queríamos "meter la pata" así que esperamos una sola frase que nos confirmó lo que sospechábamos "Nos vemos boludo". Al pasar el hombre me miró, lo miré y esbozé con una sonrisa: "es el último lugar en el mundo donde pensé escuchar la palabra boludo". Me sonrió, nos preguntó que estábamos haciendo y nos invitó a tomar un café. La nostalgia es una emoción muy poderosa cuando uno está tan lejos del hogar.
Alejandro, cordobés de unos 34 años nos contó que llegó a Europa hace 10 años. Actualmente convivía con su novia colombiana y estaba estudiando el neerlandés para poder aplicar a un puesto de camionero, profesión conque se había ganado la vida en el último tiempo. Nos contó de sus viajes, de todo lo que había aprendido y del contraste de la gente. De la calidez del britano francés, los hermosos paisajes del sur de Italia y las similitudes del argentino con el español. Charlamos poco más de 2 horas cuando nos dimos cuentan que eran las 10. Nos despedimos, Alejandro nos invitó a su fiesta de cumpleaños pero para esa fecha ya no estábamos por estos lugares así que intercambiamos datos. Nos acompañó hasta la  estación de Metro. Nos sorprendió indicándonos que no lo paguemos y nos subimos. Vino el tren y lo saludamos a la lejanía.
Ya adentro del metro nos empezó a carcomer la culpa de no haber pagado así que decidimos bajarnos en la estación siguiente. El principal error de habernos bajado fue que ya las boleterías habían cerrado y no teníamos monedas para pagar los pasajes en las máquinas expendedoras. No sabíamos exactamente donde estábamos pero después de meditarlo salimos hacia el exterior a través de las escalinatas.
Empezamos a caminar por una Bruselas fría y a oscuras. Preguntamos a un par de personas si nos podían indicar donde estábamos y medianamente pudimos conocer nuestra locación. Comenzamos a caminar hasta que dimos con un parque iluminado en distintos colores y con pisos de mármol intercalado con un verde césped. En el centro de esta especie de plaza, rodeada por edificios bajos, se erigía una estatua de un hombre subido a caballo y al horizonte se divisaba la parte más alta del ayuntamiento de la grand place. Esta al extremo, poseía grandes escalinatas que iban en bajada. Al   volver nos enteramos que se trataba del Mont des Arts,  Bajamos las escalinatas del lugar y nos dirigimos en dirección a la Grand Place, lugar que ya conocíamos. Caminamos 15 minutos y la torre iluminada del ayuntamiento nos guiaba. Llegamos a destino y contemplamos nuevamente la imponente iluminación de los edificios de la plaza.
Seguimos camino y decidimos entrar a un Carrefour para comprar la cena. La variedad de ensaladas y comidas pre calentadas es bastante práctica para los viajantes. Compramos y volvimos, esta vez ya ubicados, a tomar el metro ya que eran avanzadas horas de la noche y no conocíamos si la zona de nuestro hotel era segura.
Llegamos al hotel y cerramos el día en una ciudad que no conocíamos pero que nos impresionaba a más no poder.

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