13.10.12

Trotamundos: Ámsterdam...

Lentamente nuestras aventuras en solitario estaban llegando a su fin. En otras latitudes, nos esperaban familiares que prometían una travesía un tanto más cómoda y ordenada (pero no por eso menos rica) que la acontecida hasta ahora.
Nuestro punto final de esta etapa en el mapa era ni más ni menos que Ámsterdam. Estábamos llenos de intriga y de expectativas ya que grandes mitos rodean a esta imponente ciudad. El pintoresco barrio rojo y los coffee shops era lo más conocido y llamativo que un turista puede apreciar en la capital holandesa pero sólo teníamos unas pocas horas ya que desde Bruselas el viaje demora 3 hrs.
Nos encaminamos a la estación. Cuando llegamos nos dispusimos a verificar el anden que nos llevaría a la capital holandesa. Creo que lo dije en posteos anteriores pero el servicio ferroviario en Bruselas es aterrador. Minutos antes a la salida del tren los carteles mostraron que la partida se encontraba cancelada. Por lo que nos pudieron indicar los agentes de viaje había una fuga de gas en las afueras de la ciudad que impedía la normal salida de las formaciones.
Preocupados, analizamos la situación. Era nuestro último día y quedarnos en Bruselas nos habría dejado un sabor amargo en nuestro paladar de viajeros. Luxemburgo parecía ser una segunda desdibujada opción. Esperamos sentados y  la oportunidad que necesitábamos se hizo aparecer. Un tren semirapido salía a Ámsterdam en tan sólo unos minutos. Llegamos corriendo al anden y justo cuando estaba por salir, sin siquiera preguntar, nos subimos segundos antes que las puertas se cerraran.
Ya arriba comencé a meditar sobre la situación en la que estábamos. Verán, esperábamos subirnos a un regional, leáse gratis, y estábamos rumbo a destino en un tren semi rápido (las tasas oscilaban en unos módicos 30 euros abonando previamente en la estación con el pasaporte de Eurail Pass).
A pesar de que mi novia me indicaba que no había que pagar nada según lo hablado con el personal en la estación, la lectura de la situación me indicaba que habíamos incurrido en algún tipo de falta (sin dudas menor teniendo en cuenta las irregularidades en los trenes). Mi sospecha se confirmó cuando hablamos con los agentes del tren. El pasaje tenía un costo y los asientos eran numerados. Nos sentamos, yo con una vergüenza extrema en todo mi ser, a tal punto de querer regresar a Bruselas en la próxima estación.
Veíamos como el personal hablaba entre sí, iban y venían. Entre ellos había grandes diferencias de carácter. Mientras que un hombre de unos 40 años, refinado, nos tranquilizaba y nos indicaba que por la situación particular del día no había inconvenientes con nuestra escabullida sin pagar pasaje, otra mujer de unos 35 años, alterada, aportaba mas desequilibrio a mi ya atormentada alma. El grado de desencanto hacia ella llegó a su cenit cuando esta última nos negó un almuerzo de cortesía brindado a los pasajeros por las demoras sufridas. Me invadió una sensación de vergüenza a tal punto de refugiar mi mirada en el ventanal por un largo tiempo. Sin embargo, minutos después, la empleada cedió en su mal humor y decidió dárnoslo de todas maneras  Al principio la negamos indicando que no había necesidad pero luego de la insistencia decidimos aceptarla. No habíamos tenido tiempo de desayunar por lo que una comida caliente nos asentó el espíritu. Estábamos muertos de hambre.
El trayecto continuo y finalmente llegamos a destino. Nos lanzamos del tren y nos encaminamos hacia la salida. Con el correr de los minutos decidí buscar un baño ya que por la ansiedad no había tenido tiempo de ir durante el trayecto de tren. Mi sorpresa fue enorme cuando me percaté que usarlo tenía un costo de 2 euros. Por las ganas que tenía valieron la pena.
Salimos de la estación y rápidamente pudimos notar la gran afluencia de gente que recorría la ciudad. Nos acercamos a un mapa callejero y un joven con acento sudamericano nos preguntó referencias. Le preguntamos de donde era. Nos dijo que de Perú. En solidaridad mutua lo invitamos a transitar la ciudad juntos. Vivía actualmente en Lyon. Se encontraba estudiando algo referido a Sistemas y mañana partía hacia Varsovia donde lo esperaba su novia polaca. Era muy simpático y agradable. Nos contaba que en Perú las cosas marchan muy bien. Hay muchas empresas que deciden invertir allí y muchos estudiantes consiguen pasantías y becas en el exterior. Pero todo no era color de rosas, nos comentó que su experiencia en Francia no marchaba de lo mejor. Los lyoneses no se relacionan mucho con los extranjeros, mucho menos las lyonesas. No así las europeas del este que eran muy amables, hablaba por experiencia propia.
Lentamente empezamos a caminar por la ciudad. Cientos de bicicleta yendo y viniendo confirmaban la fama "bicicletera" de la ciudad, muy similar a lo que vimos en Brujas el día anterior. Otra cosa muy notoria es la gran cantidad de parrillas argentinas (así se denominaban) y restaurantes chinos. A lo largo de la calle uno podía contar al menos tres parrillas en la misma cuadra. ¿Enamoramiento hacia Máxima? Tal vez.
Después de contemplar las calles del centro del país y la plaza Dam, decidimos enfilar para la tan afamada zona roja. Caminamos alrededor de 20 minutos pero no podíamos encontrarla. Nuestro compañero de viaje decidió llamar a una amiga que había vivido en la ciudad años atrás. Luego de unas indicaciones retomamos el camino. Debo decir que los ríos, los puentes y los canales son hermosos, también muy similar a lo que vimos en Brujas. Los edificios estrechos y de dos pisos también resultan simpáticos. Para alguien que le gusta el arte no es muy difícil imaginarse a él mismo viviendo allí y volcando su arte en un retazo, hoja o instrumento y contemplando al mismo tiempo la vista de los canales y los puentes.
A diferencia de su hermana belga, Ámsterdam estaba mucho más poblada por grupos de amigos más bulliciosos y ruidosos.
Íbamos caminando y escuchamos gritos. Al voltear eran 12 amigos gritando a bordo de una especie de barra-bicicleta. Mientras tomaban sentados, 11 pedaleaban y 1 manejaba el volante. Los jóvenes de aproximadamente unos 20 años se reían a carcajadas y propinaban alaridos burlones como si estuvieran en su propia fiesta móvil, aislados de los demás.
Después de tanto caminar logramos dar con la afamada zona roja. Un poco despoblada, tal vez porque estábamos fuera de temporada, el espectáculo de mujeres ofreciendo sexo era bastante contrastante con los demás negocios del lugar. Uno encontraba una tienda de Waffles de manera contigua a las vidrieras de las trabajadoras sexuales. Debo decir que muchas no se destacaban por su belleza sino más bien por lo sugestivo de la mirada. Cómo estaba acompañado trataba de no mirar mucho para no recibir coscorrones en la cabeza.
Ya estaba oscureciendo. Al notar la hora, nuestro compañero Peruano nos indicó que su vuelo salía en breve por lo que decidimos acompañarlo hasta la estación de tren. Al llegar nos regaló un apoya vasos de una cerveza que le gustaba mucho. Era su ritual para cada persona nueva que conocía y supongo una forma de agradecimiento. En el exterior una tarde, dos horas o tres días resultan especiales ante la inmensidad de estar en una tierra desconocida.
Su tren salió primero. Lo saludamos y esperamos calmadamente el nuestro. Llegó y nos subimos. Viajamos prácticamente solos hasta que una pareja revoltosa se sentó en la misma cabina. La educación de algunos europeos está sobrestimada  No nos saludaron e hicieron como que no existíamos durante todo el viaje. Tres horas de retorno silencioso, el ventanal mostraba prados en movimiento y me invadía la sensación de que el viaje comenzaba a apagarse lentamente. 

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