29.1.14

El rey del castillo...

Era de noche en el condado. Arriba de la colina más alta se veía un viejo castillo con la luz iluminada en su torre más alta. Dentro de la torre se encontraba sentado un hombre con los cabellos largos y grises. Su cabeza, demacrada como todo su cuerpo, portaba una corona completamente oxidada. El tiempo le había arrebatado dos o tres rubíes y el amarillo del oro garabateaba por la corrosión provocada de la suciedad y el tiempo. La capa, deshilachada ya, tocaba el piso y revoloteaba por el viento que se colaba por la ventana. El anciano estaba sentado escribiendo en un libro grande. Cada tanto lo soplaba para sacarle el polvo. Escribía con una pluma rota y gastada.

"De joven, era un diplomático con puño de hierro. Mi mirada tan sólo servía para que mis contrincantes temblaran de miedo. Mi porte y mi fuerza servían para que mi espada conquiste todo el reino en tan sólo una década. En el campo de batalla bastaba con verme al frente en mi reluciente armadura y mi bravo corcel para que la guerra fuese ganada. Fueron años abundantes, mi juventud estuvo plagada de victorias. Fuí venciendo a mis enemigos uno a uno hasta que el rey no tuvo más que nombrarme como protector del reino. Pero eso no fue suficiente. Veía al rey como un hombre imperfecto, débil. Sus errores en la administración, su debilidad por la carne, su pestilencia no hicieron más que demostrarme que yo era el heredero legítimo a la corona. Organicé una revuelta en donde rápidamente todos los generales enemigos no hicieron más que declararme rey y traerme en una bandeja la cabeza del usurpador.
Me vi en la cima, todo el reino para mí, mis enemigos vencidos, ningún rival a mi altura, el poder total. Al tenerlo todo comencé poco a poco a aburrirme. Empecé a recluirme en mi castillo, no veía a nadie y sólo salía a cazar.
Con el tiempo mis asesores me sugirieron que tomara un papel más activo en el manejo del poder. Ordené inmediatamente que los colgaran por insubordinación. Un festín de cuervos sin duda. Luego tuve la idea de matar a todo aquel que hiciese peligrar mi autoridad. Generales, administradores, nobles, todos pasados por la espada para mostrarle al pueblo que no toleraría ni la más mínima sombra a mi poder.
Con el tiempo mi imperio empezó a caer en desgracia. Sin líderes con los que sostener mi reino, este cayó en un total caos. La gente empezó a pelear por hambre. Algunos murieron y los restantes se fueron. Sin los campesinos que labraban la tierra las arcas del tesoro se vaciaron rápidamente. Los últimos soldados que custodiaban el castillo tomaron lo que pudieron: vasijas, platos, cuadros, y se fueron. 
Hoy mi reino es un lejano reflejo de lo que supo ser. Todo mi imperio se derrumbó desde los cimientos y no pude verlo venir. El orgullo es el principal enemigo de los hombres del poder. Te ciega, nubla tu juicio y no te permite fortalecer tus principales debilidades. La soledad fue mi verdadera condena, debí ver que además de un rey el más ínfimo vasallo es un pilar fundamental del reino.
En el último tiempo me he dado cuenta de que hubo un sólo enemigo que no pude vencer: el miedo. Me congeló, hizo que actúe precipitadamente, me hizo desconfiar de mi propia gente, me dejó solo.
Es tarde ya pues la...
La escritura se interrumpió súbitamente. El anciano se tomó precipitadamente su pecho con fuerza y no pudo respirar. Intentó gritar, tomó la copa de su escritorio pero al cabo de unos segundos el hálito de la vida se fue de su cuerpo. Su mano cayó pesadamente al lado de su silla y todo el cuerpo la siguió desplomándose en el suelo. 
La habitación continúo iluminada hasta que la vela terminó por consumirse. La última habitación iluminada de ese castillo se apagó y la fortaleza enmudeció por completo para siempre.

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