19.6.15

Trotamundos: Miami

Para continuar describiendo las peripecias del Trotamundos romperemos el formato crónica que fue desarrollado a lo largo de la experiencia en Nueva York. Las razones son simples, el estilo de la estadía en la ciudad de Florida difiere bastante a la de la Gran Manzana y mantener el formato mencionado haría del relato mucho más aburrido, aletargado. Por tal motivo se explayará lo vivido en formato resumen, resaltando los puntos altos de esta parte del viaje, que lo hace menos pintoresco pero no por eso menos ilustrativo.

Llegada
El viaje desde Nueva York fue corto y sin complicaciones. Teníamos muchas expectativas puestas sobre la diversión que Miami vende a sus turistas. A diferencia de la Nueva York, misteriosa, multiforme y también más distante y formal, en algunos sentidos Miami se mostraba colorida, llena de vida, amigable y cálida. Una persona del staff del aeropuerto nos llevó hasta la otra punta en un carro eléctrico cuando le consultamos adonde debíamos dirigirnos. EL hombre fue claro: "No hay transporte público, acá toda la gente usa el carro pa moverse".
Nuestro Hostel se encontraba en la Indian Creek Avenue. Para llegar debíamos tomarnos un colectivo que sólo nos dejaba a 6 cuadras del lugar.

Nos subimos. Martín y Luca se sentaron juntos y yo unos asientos más atrás. Estaba observando el paisaje de la ciudad cuando de repente siento que la acompañante me mira y de repente me dice: "Hi, how are you (Hola, como estás?), Entre la sorpresa y el nerviosismo la saludé nuevamente y comenzamos a charlar. La chica, de contextura flaca, piel blanca, rasgos simples, me miraba a los ojos con notable pasibilidad pero al mismo tiempo mostrando un inexplicable interés. Rápidamente me preguntó de donde era. Cuando le conté con una peculiar sonrisa y estremecimiento me comentó que anteriormente había estado en Buenos Aires visitando a una amiga. Me contó además que le gustó mucho la ciudad, especialmente su vida nocturna. No parecía una chica de discoteca. Trabajaba en Marketing, tanto su ropa como peinado la mostraba como una chica sobria, agradable y sencilla. Era canadiense, específicamente de Quebec. Eso explicaba su atractivo acento anglo-francés, Me contaba que Quebec en sus inviernos es muy frío y lo beneficioso de Miami era que estaba a sólo 4 horas de vuelo y el clima era mucho más agradable. Su vuelo partía en 5 horas y quería pasear por el centro de la ciudad antes de irse. Charlamos un rato más pero llegamos al lugar donde teníamos que bajarnos. Nos despedimos y me dijo su nombre antes de irse: "Emilee". Luca y Martín me miraban asombrados por lo que acababa de pasar. Yo les explicaba que los canadienses eran muy amigables pero por dentro sabía que había cumplido con mi deber familiar al no seguir hablando. Son esas situaciones en las que no se sabe que hubiese pasado si uno elegía otra cosa. Simplemente ese encuentro se dio en el lugar correcto pero en el tiempo incorrecto.

El Hostel
Caminamos tan sólo unas cuadras y llegamos al FreeHand Miami. El hostel era una casa antigua que mantenía su estilo rústico con un toque juvenil, una perfecta mezcla para un lugar con estas características. Escuchábamos música que venia desde el patio. Salimos y nos dimos cuenta que había una fiesta con un DJ tocando en vivo. Nos sentíamos completamente fuera de lugar. Estábamos transpirados, despeinados y vestidos discretamente. El lugar ofrecía una monumental pileta, mesas y una barra que funcionaba como bar, Estaba acondicionado con luces coloridas, letreros y mesa de ping pong. Fuimos para la habitación. Nos dimos cuenta que por error habíamos alquilado la habitación completa, toda para nosotros. La misma estaba equipada con camas en tres niveles, un escritorio y una heladera pequerña. Era modesta pero cómoda y bien amoblada.
Lo único para mejorar de los servicios en la estadía fue el desayuno. Poca comida casera. La mermelada y la manteca venían en pequeños paquetes de plástico y ofrecían poca variedad de alimentos.
Todo el ambiente era muy relajado pero con un toque de glamour. En una tarde de pileta, una chica, colorada, muy flaca, con un marcado acento británico hablaba con su amiga relajadamente. Se la notaba seria, con gestos de mujer tranquila pero seria. Dos mundos confluían en un sólo lugar. Imaginaba su vida en su país de residencia, sus vivencias, la gente que conoció en su vida. La curiosidad puesta en el otro. El hostel es un lugar de reunión para personas de distintas partes del mundo, con personalidades diferentes, experiencias diferentes que comparte en un instante un espacio-tiempo que probablemente no coincidan nunca más.
















La Playa
Debo decir que nuestra reacción cuando vimos la playa fue de un total asombro. Toda la peatonal costera se encuentra adornada por arbustos que tapaban la vista al mar. Cuando llegamos a la misma el agua turquesa y la arena blanca nos dejó boquiabiertos. Sobre todo porque no lo esperábamos tan hermoso. Sin embargo las playas, o por lo menos esa, no se encontraba tan poblada de gente como esperábamos. La mayoría de la gente del hostel prefería quedarse en la pileta antes que visitar el mar. Grupos de amigos o familias distribuidos se apostaban en la arena, en distancias bastante largas entre grupo y grupo. Me dio a pensar de que la escasez de gente se debía a que no estábamos todavía en verano.





La Ciudad
Al caminar por la Indian Creek Avenue me dio la sensación de estar en cualquier ciudad de veraneo común y silvestre. Lejos quedaba el lujo, la ostentación. los autos fabulosos. Si bien se veian, en la zona donde nos encontrábamos primaba un ambiente mucho más familiar, relajado, distinto del ambiente a fiesta y descontrol que uno espera. Si bien este existe, uno tiene que buscar el lugar y el momento adecuado. Las cuadras de Miami son largas y no ofrece muy buenos medios de transporte como nos adelantó el empleado del aeropuerto. Lo ideal para no esperar tanto tiempo y morirse de calor caminando es alquilar un auto, lo cual es barato, práctico y cómodo, sobre todo si lo alquilan entre cuatro personas.
El trámite para sacar el auto que habíamos rentado previamente fue bastante engorroso. El local se encontraba lleno de personas con mal humor y empleados estresados por las quejas de la gente. En nuestro caso tardaron bastante en encontrar nuestro número de operación ya que lo abonamos con la tarjeta de Martín, a mi nombre. El sistema de peajes es bastante extraño en Miami. Nos ofrecieron una especie de seguro contra todo peaje que costaba unos 30 US$. Lo curioso es que el peaje es todo electrónico. No se puede abonar con tarjetas o monedas en el lugar y te asustan con multas que van desde los 70 us a los 150 us.
El momento dulce después del trago tan amargo fue cuando nos trajeron el auto. Pensamos que nos iban a dar un auto modesto pero cómodo. La empleada estacionó un auto, mediano, cuatro puertas, blanco, con vidrios polarizados y techo y tablero eléctrico. Esperamos unos segundos incrédulos, hasta que la mujer nos miró a nosotros y nos indicó que ese era nuestro auto.
Nunca había manejado un auto automático antes así que pasé uno o dos semáforos en rojo hasta que me acostumbré a no usar el embrague. El auto tenía hasta una computadora a bordo con asistencia satelital por operadora. Miami nos hacia sentir unos ricachones de película por tan solo unos pocos dolares por día.
La oferta gastronómica no era tan barata y diversa como esperábamos. Lo más barato y accesible que uno podía consumir sin cocinar era Sbarro, una franquicia de pastas italianas que vendía diferentes tipos de platos a 10 U$s. Lo positivo del plato es que uno podía agregarle albóndigas o chorizo y eso nos proveía una dosis importante de calorías luego de haber caminado tanto en Nueva York. Habremos comido dos o tres veces ahí. Otra opción bastante rentable era comprar comida para cocinar en los supermercados de barrio, pero como no teníamos una buena heladera y estábamos en la ciudad por sólo 4 días nos decidimos otras opciones. Lo bueno de estos supermercados es que algunos vendían comida hecha pero el precio tampoco bajaba de los 10 U$S.

Los Shoppings
Nunca fue una persona fanática de los Shoppings y hasta, si se me permite, estaba muy en contra de la vida abocada al consumo. Sin embargo, Miami convierte hasta al más acerrimo crítico de las compras, En los 4 días que estuvimos visitamos dos centros comerciales: El Dolphin y el Sawgrass Mall.
El primero quedaba en el centro de la ciudad y el segundo a varios kilómetros, bastante lejos.
Llegamos al Dolphin bien temprano. Juan, nuestro compañero de hostel en Nueva York, nos había recomendado que nos acercáramos a Ross Dress For Less, una tienda enorme con rebajas y oportunidades muy baratas. Nos perdimos entre perchas e hileras de prendas por unas 2 horas. Los precios eran muy baratos pero todo estaba desordenado y con talles dispares por lo que encontrar una prenda se convirtió en una verdadera rueda de la fortuna. A esa altura ya me sentía estresado de tanto buscar y lo cierto es que recién comenzábamos. Luego seguimos por varias tiendas en donde lo que primaban eran fabulosas promociones 2 x 1 donde ni siquiera uno tenía que comprar el mismo producto para poder utilizar la promoción. Estuvimos 5 horas y personalmente me contuve bastante de comprar ya que ibamos al Sawgrass al día siguiente y no queríamos arrepentirnos de haber gastado demasiado en el Dolphin.
Al día siguiente en el Sawgrass nos dimos cuenta que, si el Dolphin era un shopping impresionante en cuanto a estructuras y precios, este era el Moby Dick de los centros comerciales. Un total de 6 sectores y mas de 100 tiendas. Tardamos 8 horas en recorrerlo todo. De la visita, el punto más alto fue la tienda de Levis y lo barato que estaban los jeans comparados con los de Argentina. Por 120 U$S uno podía llevarse tres prendas con variedad de formas y talles para elegir. La oferta de estilos era abrumadora. Uno debía buscar su talle tanto en ancho como en largo.  Luego de 5 jeans que no me entraban, estaba tan cansado que me llevé unos "Straight Fith" como ultima opción. Iba a dejarlos porque me quedaban grandes pero la vendedora me explicó que se achicaban dos talles luego del lavado. No sé cuál es la verdadero objetivo de eso pero lo cierto es que me fui un tanto sorprendido de esa característica y finalmente, por cansancio mental, me los llevé.
Pero el mundo de las compras no terminaba ahí. Otra experiencia curiosa se dio cuando una vendedora muy bella y simpática me tomó de la mano. ¡Que estúpidos que somos los hombres!. Esta chica, castaña, de rasgos simples, sonrisa amplia y tono de voz amigable se llamaba Bar. Vendía esos sets de bellezas para uñas del mar muerto que a la ligera parecen más un timo que un producto. La venta fue ardua. Producto de mi curiosidad le pregunté diferentes cosas y ella, mitad por estrategia de venta y mitad por simpatía, contestó. Era judía, tenía 22 años y cuando mencioné que veníamos de Argentina nos dio a entender que la mayoría de nuestros compatriotas éramos unos tacaños. En una primera instancia me confundió con un Salvadoreño, por el pelo negro oscuro y la tez muy blanca. Intenté ligarla a mi hermano pero me dijo que su padre solo le permitía entablar contacto con un judío. Le explicaba que el amor no entendía de religiones pero se mantuvo firme, pero agradable, en su postura. Por la buena onda y su tenacidad finalmente accedí a comprarle el producto y para mi sorpresa, las uñas quedaban extremadamente brillosas. No me malentiendan, el regalo se lo día a mi abuela.
Luego de los dos días de compras nuestra habitación se convirtió en un depósito de bolsas y cajas de artículos variados como remeras, perfumes, zapatillas y camperas. Fue una verdadera odisea para los 3 re-acomodar las valijas (que por cierto también fueron compradas en los shoppings) para que todos los productos nos entren a la perfección y no excedan el peso del vuelo de regreso. El rostro de preocupación de Luca se llevaba todas nuestras sonrisas. Ofuscado peleaba con el cierre de la valija que se resistía gallardamente.
Miami nos había llenado de autos, lujo y pomposidad y nos encontrábamos llenos como tres bárbaros luego de un festín de jabalí. El contraste entre el consumo, la playa y el color era algo que me había gustado, a pesar de mis expectativas negativas que tenía de la ciudad. La consideraba muy superficial y vacía, sin embargo los contrastes se perciben en todos los rincones del mundo.

Era hora de ir hacia nuestro destino final, Boston. 

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