5.7.15

Trotamundos: Boston y regreso a Buenos Aires

Salimos del hotel bien temprano para tomar el 150 con destino al aeropuerto. Ya en la parada, una mujer morena con el café en su mano derecha hablaba en francés con sus manos libres. La avenida Collins se encontraba semidesierta a esas horas y solo se veía gente en la calle preparada para ir a trabajar.
Esperamos unos 15 minutos y el bus finalmente apareció. La tarifa era 2,65, ingresé 3 Us en la máquina y el chofer me dijo algo pero no lo entendí, esperé unos segundos hasta que entendí que la máquina no daba cambio. Tomé mis valijas y me dirijí al fondo del bus. Una señora que pasaba por ahí me aclaró con un dejo de ironía en español que los buses en Miami no dan cambio. "Podrías haber puesto 20 Us y el chofer no te lo hubiera aclarado". Sonreía burlonamente. Tardamos en llegar al aeropuerto aproximadamente unos 40 minutos ya que las calles estaban un poco congestionadas.
Llegamos, hicimos el check in y nos dirigimos a la zona de desembarco. En inglés la empleada de seguridad nos decía que las maletas no entraban y que necesitábamos despacharlas. Como buenos argentinos sacamos prendas de una valija y tratamos de meterlas en otra. Seguimos la lucha unos minutos hasta que finalmente la mujer se rindió y nos dejó pasar.
Llegamos a Boston 3 horas después. Tomamos las valijas y nos dirigimos a la linea Silver, el transporte de bus gratuito que nos dejaba en South Station, a pocas cuadras del Hostel. Debo decir que el mismo era muy moderno. A mitad del viaje, a través de los parlantes se nos indicó que el bus se detendría un momento para cambiar el combustible a diesel. Bajamos en la estación y sacamos el mapa. Rápidamente una señora se nos acercó para ofrecernos su ayuda y orientarnos. Nos indicó hacia donde debíamos caminar. Para llegar hasta el Hostelling International, el lugar donde nos hospedábamos, debíamos atravesar el barrio chino de Boston. Aunque era visible la impronta asiática del barrio, este era mucho menos populoso que el de Nueva York. A diferencia de la Gran Manzana, Boston está llena de calles sinuosas y semicirculares por lo que nos tomó un tiempo un poco mayor orientarnos y llegar al hostel.
El Hostelling International se mostraba mucho más imponente que los demás hospedajes que estuvimos. De un diseño mucho más moderno y mayor espacio nos sentíamos en una oficina de Google. Dejamos las valijas en la habitación y nos dispusimos a aprovechar las pocas horas de estadía en la ciudad.



Nuestra primer parada fue el Boston Common, el parque central de Boston. Si bien era de mucho menor tamaño que el Central Park, se encontraba mejor cuidado con el césped cortado de manera pareja y arreglos florales por doquier. Contemplamos la vista unos minutos, pasamos por la estatua de Washington y nos dirigimos a Beacon Hill, un barrio muy pintoresco de la ciudad. Al llegar al barrio sentí que me transportaba directamente a una mini-Londres. Contemplaba las casas de dos pisos de ladrillo rojo, los callejones pequeños y los negocios de vidrieras amplias. Como de costumbre me hacía pensar en el como sería vivir en esa ciudad. Visitar sus cafés, sentarme en una plaza y contemplar el ritmo de la ciudad, salir a cenar, retornar al hogar. La naturaleza de aventurero y amante de lo desconocido me provocaba cierta congoja por la imposibilidad de lo añorado. Paramos en un Starbucks para tomar unos cafés y retomamos la marcha.
Luego de media hora de marcha quedé asombrado por lo silenciosas que eran las calles . Hasta podía percibir grandes instantes de total silencio. Seguimos rumbo al norte hasta llegara a Cambridge Street, mucho más populosa y poblada. La gente se apresuraba para tomar el metro que cruzaba el puente Longfellow. Seguimos en dirección este para ver el Govenment Center y volvimos por Beacon Street para contemplar la State House con su tradicional cúpula dorada. Bajamos por Park Street hasta el Dowtown Crossing de la calle Winter, la calle peatonal comercial de enorme parecido a la calle Florida.
Luego de caminar unos 40 minutos notamos que Boston era más pequeña de lo que imaginamos ya que en un corto lapso de tiempo recorrimos tres barrios que parecían muy grandes en el mapa.
Retornamos al hotel luego de realizar unas compras en Dowtown Crossing y emprendimos nuevamente el camino al norte. Pasamos por el Theater District, la zona de teatros de la ciudad. Mucho más modesta y tranquila que Broadway debo decir.

Subimos por Washington Street y giramos a la derecha por la calle State hasta llegar a Long Wharf, la zona del puerto de Boston. Ya era de noche, la vista de los edificios iluminados de la ciudad era de ensueño. Contemplamos el paisaje por unos minutos y nos pusimos en camino rumbo al Quincy Market. Tomamos Atlantic Street, La Avenida que rodea el este de la ciudad, seguimos por State y giramos a la derecha en Kilby hasta llegar al Quincy Market y el Faneuil Hall. Si bien la fachada del mercado se mantenía maso menos al estilo antiguo, por dentro lo habían refaccionado mezclando lo antiguo con lo moderno, muy similar al Chelsea Market visitado en Nueva York. Actualmente dispone de tiendas de comida rápida y ropa, tanto en el corredor central como en los dos subsuelos laterales. Nos quedamos afuera por un tiempo, principalmente porque la zona estaba muy bien decorada con arreglos de luces en los árboles y tiendas por doquier; y además brindaba Wifi Gratis, cosa primordial  en un viajero. Seguimos camino a North End y nos topamos con el Memorial del Holocausto de una creatividad peculiar. El mismo era una galería al aire libre con dos columnas de vidrio en los costados que contaban la historia de un sobreviviente. Del suelo salía un vapor emulando a las cámaras de gas utilizadas por los nazis. Causaba gran impresión pasar por la galería, inhalar el vapor y leer las historias. Luego de esto continuamos por la Calle Hanover. Al cruzar Cross Street entrábamos en North End, un barrio de restaurantes y populares panaderías. Todos venían con una caja en la mano con comida. Seguimos por Hanover, que se encontraba muy poblada hasta llegar al fin de nuestro recorrido: Old Nort Church. A diferencia de Hanover, muy iluminada y llena de gente, la plaza previa a la iglesia con la estatua de Paul Revere, uno de los héroes de la ciudad en la Guerra de la Independencia Norteamericana, se encontraba totalmente oscura y vacía. La iglesia no era una excepción. Solo se podía percibir la punta de la misma en contraste con el cielo. Llegamos al pórtico en un total silencio. Me quedé contemplando la plaza por unos segundos e interiormente sentía que era una metáfora del viaje, todo comenzaba a apagarse lentamente como el final de una buena película.



Eran las 21 hs, retornamos al hotel recorriendo las zonas por las que transitamos y la ciudad se iba apagando a medida que bajábamos hacia el China Town. Hubo ocasiones en que mi curiosidad me llevó por callejones oscuros y silenciosos pero Martin y Luca insistían en que no era una buena idea y retomábamos por otra calle. Debo decir que esos lugares me recordaban a la Withechapel de Jack el destripador. Para ser temprano la ciudad se encontraba prácticamente desolada. Sólo veíamos jóvenes que venían de salir o turistas como nosotros.
Antes de llegar al hostel pasamos por un mercado a comprar la cena. La última del viaje fue menos glamorosa de lo que esperaba. Compré una gatorade de Uva y una especie de roll congelado, relleno de queso y pepperoni. Lo curioso fue cuando debíamos pagar ya que no había cajeros sino que era todo automático, muy simple por cierto.
Comimos en la zona común del hostel y como de costumbre comenzó a invadirme una intensa melancolía. Repasé los lugares visitados, las personas, las experiencias. Comía en silencio con la mirada puesta en el ventanal. Una joven china jugaba con otra y tomaba algo de la heladera. Otros escribían en su laptop. Intentaba sentir y sacarle el jugo lo más posible al lugar. Deseaba congelar el tiempo para que la experiencia no se termine. Sin embargo este es un enemigo indomable. Me reconfortaba la idea de que al menos pude realizarlo mientras que otros no y agradecía lo afortunado que era. Luego de comer me dirijí a la habitación del Hotel. Tomé mi libro y las historias de Alejandro Magno me daban compañía en ese momento de reflexión y pura soledad.




Regreso
Tomamos las maletas y nos dirigimos hacia la terminal de trenes. Esperamos allí 40 minutos y nos subimos. El tren Amtrak que nos llevaría a Boston era mucho menos moderno y sofisticado que los semi-rápidos europeos pero aún así presentaba ciertas comodidades a los que no estamos acostumbrados en nuestro país como conexión a internet y electricidad para los artefactos electrónicos. La conexión no funcionaba muy bien pero lo cierto es que todo el posteo de Boston fue escrito durante las 4 horas de recorrido.
Ya en Nueva York, tratamos de aprovechar las últimas horas en la ciudad. Dejamos las valijas en un depósito de Hell Kitchen y nos dirigimos nuevamente a Times Square. Repetimos merienda-cena en la pizzería en la que Luca nuevamente se deleitó con su porción new york style con pollo y barbacoa. Pasamos también por H&M y Macy´s para hacer unas compras. Caminamos por la zona de la Biblioteca Pública y luego de unas horas volvimos por nuestras valijas y nos dirigimos al Metro.
Estábamos muy pesados de equipaje luego de nuestro paso por Miami. Nos sentamos cada uno donde pudimos y emprendimos viaje hacia al aeropuerto JFK.
Trataba de sacarle fotos a un letrero muy original y noté que la persona que se sentaba a mi lado se reía. El hombre me miró amablemente y preguntó de donde era. Su nombre era John y era de Sri Lanka. Trabajaba los fines de semana en la Gran Manzana y volvía a su hogar con su mujer e hijos. John tenía alrededor de unos 50 años, una mirada cristalina y una sonrisa amplia de dientes muy blancos. Le consultaba por la situación de Sri Lanka y me dijo que las cosas iban bien pero no tanto, a pesar de que su gran vecino, India, se ungía como uno de los grandes jugadores de la política económica mundial futura. Con un tanto de torpeza le pregunté si había tenido oportunidad de volver a su país natal. Con una sonrisa cortés y una pizca de melancolía en sus ojos me explicó que no había vuelto desde que se fue hace 20 años atrás. A modo de cortesía añadió que la tecnología, aunque no era suficiente, achicaba las distancias con sus seres queridos. Llegamos a la estación y me despedí de él. Esta última charla me volvió a recordar lo vasto que es el mundo. Gente de distintas nacionalidades, credos, culturas habitan este mundo misterioso, inabarcable e imperfecto.
Pasamos los controles y esperamos en la zona de embarque un tiempo. Bromeamos con mi hermano para pasar el tiempo. Soñábamos con la idea de poner una pizzería New York Style en Buenos Aires. Era nuestra manera de matar la melancolía del retorno. Tomé el libro de Alexandros y paradójicamente también eran las últimas páginas del libro.
Las aventuras de Alejandro se terminaban paralelamente a mis aventuras en Estados Unidos. Sólo el tiempo y el destino me volverían a reencontrar con los viajes y de tierras lejanas de experiencias y costumbres desconocidas. El Trotamundos volvía a dormirse esperando que una nueva travesía despierte al nómada imparable que habita en el interior de mi ser. La aventura había llegado a su fin.


4 comentarios:

Frodo dijo...

Vamos Matado, es hora de poner a Trotamundos en el freezer. El mundo pide otra sección, para luego volver las recorridas.
¿Qué es lo que viene lo que viene en el Matadón de Primera?

Abrazo!

Iván Yubero dijo...

Grande Frodo, por lo pronto hacerle refacciones a la casa. La fachada del blog requiere una lavada de cara. Hoy estuve intentando hacer un encabezado. Y digo intentando porque el ilustrator me gano el primer round. Mañana te voy a pedir asesoramiento gráfico. Abrazo grande!

Clari dijo...

cuando fui a boston me encanto! quede encantada con la ciudad y por la gente que conoci allí. cuando tuve que sacar los pasajes a buenos aires para la vuelta me senti mal.. me queria quedar minimo 1 mes más

Iván Yubero dijo...

Saulo, coincidimos en el sentimiento. Imagínate mi congoja estando sólo una tarde-noche allí. ¿Para cuando el blog de Saulo? ¿O abriste uno y no me dijiste nada? Se extraña su vocabulario complejo y su rictus aristotélico. Beso grande!