25.4.15

Trotamundos: Nueva York - Día 6

El día comenzó donde había terminado el anterior. Nos dirigimos a Greenwich Village para recorrer la parte oeste de la ciudad que aún no habíamos visto. Nuestro punto de llegada fue Washington Square. Estuvimos recorriendo la plaza pero la parada fue breve porque el día estuvo nublado desde la mañana y justo en ese momento comenzó a llover. Lo más llamativo del lugar es el arco de triunfo dedicado a George Washington. Me hizo recordar a los diferentes arco que había visitado como el de París, Roma y del parque Rivadavia en Buenos Aires dedicado a Simón Bolívar.
Luego de recorrer la plaza seguimos por la zona oeste del barrio, llamada West Village. En esta parte, mucho más residencial que el centro donde habíamos comprado la yerba, se hacen más notorios los edificios de estilo "brownstone", las casas de ladrillo colorado tan características en Londres y en Países Bajos. Nos perdimos varias cuadras en esta zona tan pintoresca y tranquila, tanto que no parecía que estabamos en Manhattan con sus imponentes rascacielos.
Luego de unas cuadras nos topamos con el High Line, un paseo elevado de 2.33 km que cruza la parte oeste de norte a sur. El High Line, o linea elevada en español, era anteriormente una linea de trenes y se reinauguró como parque en el año 2009. La vista desde allí es sumamente gratificante. Los rieles del tren se combinan con bancos y árboles lo que lo hace un perfecto lugar para hacer deporte, recrearse o simplemente recorrer la ciudad de una forma original y diferente. Caminamos unas 30 cuadras cuando nos dimos cuenta que nos habíamos pasado del siguiente lugar adonde nos dirigíamos: El Chelsea Market.
Bajamos por las escaleras del High Line y retomamos el sur unas quince cuadras hasta llegar a destino. El edificio mezcla a la perfección lo que sería un paseo de compras con la fachada de un edificio industrial construido con bloques. En él se alojan tiendas de ropa, locales de comida y oficinas de empresas en los pisos superiores. Cascadas que mezclan colores, globos iluminadores y distintos pasillos forman un ambiente muy cómodo para visitar. Cómo Martín y Luca no habían almorzado todavía (yo había hecho un brunch en wendys al comenzar el día) compraron una sopa de pescado. Estaba deliciosa por cierto y aportaba muchas calorías a la caminata que ya habíamos realizado. Recorrimos algunas tiendas y nos detuvimos mayormente en un mercado que disponía de diferentes tipos de verduras y especias. En Argentina no estamos acostumbrados a tantas opciones de productos dentro de los supermercados, especialmente en lo que respecta a condimentos y/o frutas. Compramos allí agua y fruta para recargar energías y seguimos rápidamente el camino.
Volvimos caminando para Midtown. Como estábamos un poco cansados paramos a ahorrar energías en Donkin Donuts, una cadena de cafetería donde su especialidad son, como dice el nombre, donas. Me parece que no lo mencioné anteriormente pero una de las cosas que más nos sorprendió de Nueva York es el amor que los neoyorquinos tienen por el frappe. El café helado aparecía en la mano de muchos de los habitantes de la ciudad. Era la oportunidad para probar esa moda gastronómica y Luca se adelantó. Pidió un frappe y lo probó. Con una cara de total repulsión, levantó la mano, tomó el vaso, me lo acercó y casi sin mirarme a los ojos dijo: "Esto es un asco, no quiero más, te lo regalo". El frappe neoyorquino me recordaba al que ya había probado en Grecia. Entiendo la contrariedad que esa bebida despierta a los que nunca la probaron antes. En Argentina las variantes de café se parecen más a un helado o a un licuado porque está hecho más con leche y crema que con café. El frappe real es un poco de hielo y café frío lo que genera cierto rechazo, especialmente si uno no es generoso con las porciones de azúcar que utiliza. Terminamos nuestra merienda y llegamos al Madison Square Garden.
Me sorprendió lo celosamente custodiado que se encuentra el estadio. Muchos agentes de seguridad, con anteojos negros y traje muy a lo Men in Black, vigilan cada movimiento como si uno fuera un terrorista. Por otra parte, es impresionante el juego de luces que refleja en el techo los logos de los diferentes equipos que ejercen su localía en el estadio. Uno podía apreciar de manera monumental el logo de los Knicks o los Rangers flotar y dar vueltas como si fuera un globo lanzado hacia arriba.
Como era muy tarde para realizar la visita guiada, (la última era a las 16.30 hs.) recorrimos solamente el salón exterior y la tienda de artículos deportivos. Como no teníamos nada más para hacer y en la tienda no había nada fuera de la común retomamos camino.
Queríamos ir hacia el Rockefeller Center pero para ponerle un poco más de picante al recorrido, decidimos hacerlo pasando nuevamente por Times Square para verlo esta vez de día. La segunda vez en ese mítico lugar no nos defraudó. Una de las cosas graciosas del lugar son los famosos superhéroes que a voluntad se toman una foto con el que quiera contratar sus servicios. Luca lo iba a vivir en carne propia. Es increíble como gente puede ganarse la vida del "chamuyo" y el poder de voluntad. Esta raza, vista anteriormente en el coliseo en forma de centuriones, es ávida en "conversar" a la gente y tomar desprevenido a los turistas. Mi hermano nunca entendió que se les debía pagar cuando lo invitaron a posar para la foto. Se le acercaron 4 personas que lo tomaron del brazo amistosamente y el ingenuamente accedió. Cuando le solicitaron el dinero el les explicó que no tenía y la cosa no se puso tan amistosa como al principio. Uno vestido de hombre araña (se lo notaba molesto) le explicaba que no era gratis y que no estaban ahí para perder el tiempo. Mi hermano, avergonzado completamente, salió de la situación dándoles las pocas monedas que tenía en los bolsillos. Eso no bastó, otro que estaba vestido de Thor, tomó su celular y le borró la foto. Martin y yo no parábamos de reirnos al ver la situación. Luego de unos segundos de tensión le devolvieron el celular y lo soltaron. Nos reímos unos minutos más de él y continuamos caminando.
Entramos a la juguetería Toys R US y nos teletransportamos rápidamente al mundo de la fantasía. La juguetería cuenta con 4 pisos divido en áreas según edades y temáticas. Debo decir que en esta juguetería tomé dimensión de lo que es la venta comercial para los neoyorquinos. En diferentes partes de cada piso uno se encontraba obligadamente con un promotor de un juguete específico que convencía a los niños de probar el producto en cuestión. La amabilidad y generosidad de uno de los vendedores se desvaneció por completo cuando un niño que venía corriendo y dando alaridos, tomó el producto sin consultarle. Con una mirada severa le pidió que no lo toque. Otra de las cosas más impresionantes eran los personajes a escala. Podíamos ver a Darth Vader, Spiderman, Superman y hasta un impresionante Tiranosaurio de unos 10 metros que movía la cabeza y hacía ruido. Todo el lugar era un jolgorio de luces, colores y adrenalina. Luego de recorrer toda la juguetería retornamos a Times Square y seguimos avanzando hacia el norte.
Nuestra próxima parada era Rockefeller Center. No se por qué motivo tenía la idea de que la figura central debajo del edificio principal era la estatua de Atlas. Comenzamos a caminar hasta que llegamos a la parte central del Rockefeller con la estatua de Prometeo. Debajo de la cascada se apreciaba el bonito restaurante con gente tomando café y merendando. Pero yo seguía con la mente puesta en Atlas. Esperamos a Martin que fue a comprar unos legos para un compañero de trabajo y retomamos la marcha.  Dábamos vueltas por las calles laterales y retomábamos de nuevo el Rockefeller plaza pero no había rastros de la estatua del personaje mitológico. Habremos dado unas diez vueltas hasta que caminamos hasta la Catedral de San Patricio en la 5ta. Avenida y allí nos topamos con la estatua de un bronce brilloso e imagen imponente. Nos tomamos unas fotos y decidimos volver a la zona del hostel.
De pasada les pedí a mis compañeros de viaje si podíamos pasar por una comiquería. Me habían dicho que eran gigantes e imponentes y como lector de comics no quería perderme la oportunidad de estar en una. De todas las tiendas de la ciudad la que me habían recomendado era Midtown Comics. Nos convenía ya que la tienda quedaba camino al hostel así que nos dirigmos para allá. Al lugar se subía por escalera y ocupaba todo el piso superior. Los comics estaban divididos por número de título y a decir verdad tenían una gran variedad de títulos. A juzgar por mis ojos (en el lugar estuve uno 20 minutos) no me representaba nada extravagante a decir verdad. Tal vez esperaba más artículos de colección o figuras escala de superheroes como las vistas en la juguetería, algo que no ocurrió verdaderamente. Compré algunos regalos para mi amigo Marcelo, fanático e iniciador en el mundo de los comics y nos fuimos del lugar como vinimos.
Llegamos al hostel con la sensación de que nuestra estadía en la Gran Manzana se acababa como arena escurriéndose entre los dedos. Deseaba captar cada momento con la mayor intensidad posible. Cenamos y nos fuimos a dormir.

1.4.15

Trotamundos: Nueva York - Día 5

Debido a lo movido que fueron los días anteriores decidimos tomarnos este día con mayor tranquilidad. Desayunamos tranquilamente en el hotel y alrededor de las 11 hs. partimos para Wall Street. A la hora del almuerzo nos encontraríamos con Gabriel, primo de Martín quién se encontraba viviendo en Nueva York hace algunos años.
Nos tomamos el Metro y llegamos al mítico barrio. Como llegamos un tiempo más temprano de la hora acordada decidimos recorrer la zona. Nuestro primer punto de referencia fue la "Trinity Church" una iglesia anglicana de estilo gótico que fue de las primeras en la ciudad y que aún conserva un cementerio, algo único en la ciudad.  El paisaje del cementerio plagado de lápidas rompía con el paisaje de rascacielos, asfalto y oficinistas. Luego de recorrer la capilla seguimos hacia Wall St., donde George Washington juró como primer presidente del país. Debo decir que me impresionó lo pequeño que es el distrito financiero y en especial la calle donde se encuentran los hombres más poderosos del plantea.. No parecía para nada imponente o diferente a otros centros financieros que he visitado. Asimismo la zona no supera las 10 o 15 cuadras a la redonda. Nos sacamos algunas fotos en la Estatua de George Washington en las puertas del Federal Hall, primer capitolio de Estados Unidos, y como era la hora fuimos a encontrarnos con Gabriel.
Luego de esperar unos minutos salió a recibirnos. Se mostraba amable, medido, pero sobre todo de buenos modales y formas sencillas. Sin dudas la idea que tengo de un argentino viviendo en Nueva York es de alguien extremadamente lo contrario. Esperaba a alguien altivo, pomposo, como decimos en la jerga "un piojo resucitado". Sin embargo Gabriel no se mostraba para nada de esa manera. A medida que avanzaba la conversación me dio la impresión de que estaba conforme con su presente pero no por eso menos crítico a la actualidad de la ciudad y el país del norte. Nos contó que la corrupción de los sindicatos y la obra pública no es distinta a la Argentina y que la gran diferencia es que fluye más dinero. Asimismo tampoco se lo notaba preocupado por el estilo de vida "apurado" de los neoyorquinos. Cuando le pregunté si esa excesiva preocupación por el trabajo no lo abrumaba me contestó: "Somos todos descartables, pero ellos (por los norteamericanos) lo son más". Gabriel trabajaba en una firma y dirigía a un equipo conformado por gente de varias nacionalidades. Debe ser muy interesante trabajar e intercambiar ideas con gente con una idiosincrasia muy distinta entre sí. Parece ser que en la diversidad está el éxito.
Nuestro anfitrión amablemente nos invitó a almorzar en Ulysses, un bar tradicional famoso por sus hamburguesas caseras que eran definidas por él como la verdadera hamburguesa "norteamericana".
Seguimos charlando alrededor de una hora hasta que tuvo que volver a su trabajo. Nos despedimos y antes de hacerlo abrió la posibilidad de una segunda reunión, esta vez en su casa con su pareja Scott.
Seguimos caminando por el centro financiero. Rodeamos el Memorial del 09/11 y llegamos hasta el famoso "toro" de Wall Street. Muchos asiáticos se sacaban fotos tocando los testículos del animal de bronce. La leyenda dice que si uno los toca vuelve a Nueva York. Justo antes de sacarnos la mítica foto nos encontramos con una pareja de argentinos junto a su bebé que entre risas nos contaban que era su segunda vez en la ciudad y que, sólo por si acaso, "volverían a tocarle las bolas" como lo hicieron la primera vez.
Nuestro momento en Wall Street había terminado. Nos detuvimos a mirar el mapa para analizar como llegábamos al Barrio Chino. Decidimos empezar a caminar hacia el este en dirección al Puente de Manhattan.
Caminamos unas 15 cuadras hasta que nos topamos con la estatua de Lin Ze Xu, pionero en la lucha del tráfico del opio por parte de los británicos. Llegamos al Barrio Chino. Poco a poco comenzamos adentrarnos más y más. Los letreros y los ventanales comenzaban a poblarse de colores rojos y azules con palabras obviamente en idioma chino. Otra cosa llamativa eran la gran variedad de productos que se ofrecían en la calle. Raíces, peces, plantas y yerbas todas apiladas una al lado de otras y en todas las cuadras que visitábamos. Una cosa exótica y notoria del barrio son las peluquerías. Muchos jóvenes a las tres de la tarde esperaban para hacerse peinados modernos con colores azules y rojos; y flequillos cruzados y pelo parado.
Seguimos caminando un tiempo hasta que decidimos seguir a Little Italy. En el pasado, el barrio italiano abarcaba una gran cantidad de área dentro de la ciudad pero con el correr de los años el barrio fue "invadido" por el barrio chino. Actualmente quedan de este 4 o 5 cuadras a la redonda. Lo pintoresco de las calles de Little Italy es que están la mayoría adornadas de guirnaldas con los colores de la bandera italiana . Allí se aglomeran todos los restaurantes especializados en pastas y pizza. Llegamos hasta la calle donde se observa el tradicional cartel con el nombre del barrio.
Seguimos rumbo al norte en dirección al Soho. Este nos defraudó mucho. Sobre todo porque particularmente tenía muchas expectativas puestas en él antes de hacer el viaje. Esperaba ver galerías de arte, mucho color y creatividad pero la mayoría de los locales se encontraban cerrados o simplemente no presentaban nada que rompiera con la imagen del lugar. Quizás por ser un día de semana no estaba tan poblado. Caminamos unas cuadras y seguimos rumbo a Tribecca.
Había visto en un programa de televisión que Tribeca se había convertido en uno de los barrios del momento. Muchas estrellas de Hollywood como Leonardo DiCaprio y Robert De Niro tienen un departamento allí. Pasamos por una Universidad en donde salían varios estudiantes. Me preguntaba como sería ser estudiante allí. Observaba a jóvenes con sus libros, entrando y saliendo, charlando entre sí. ¿Se imaginaban que alguien como yo los observaba con curiosidad? Era un observador invisible, oculto y lleno de total curiosidad. Es sumamente interesante intentar captar lo cotidiano. Las luces, los monumentos, las grandes calles como he relatado en otros posteos son fáciles de imaginar, sin embargo dos jóvenes hablando del ensayo que deben hacer para la próxima clase, con sus historias no lo capta casi nadie.
Llegamos a un parque, desconocido para mí y para nada señalado en la rutina del viaje, que estaba montado en una especie de dársena sobre el río Hudson. Fuimos avanzando en la dársena. Llegamos a un mirador con tres asientos. Luca y Martín se sentaron ahí a descansar un rato. Yo aproveché para mirar por uno de los prismáticos que estaban allí. Observaba los autos pasar de la orilla de enfrente en New Jersey y volvía la vista a mis compañeros de viaje. Ambos estaban relajados contemplando el horizonte. Luca tenía sus dos manos apoyadas en la parte superior de la cabeza. Ese instante de repente se volvió un refugio, un instante de reflexión en donde la vorágine y el ritmo rápido dejó lugar a las memorias y los recuerdos. Personalmente recordaba lo lejos que estaba de Buenos Aires, de mi familia y de todo lo que conocía. Ese lapso detenido en espacio tiempo de repente se pinchó y nos obligó a seguir nuestro camino.
Martín le había prometido comprar yerba a unas chicas del Hostel la noche anterior y el único lugar que vendía ese producto era una tienda naturista en Greenwich Village. Hacia allá nos dirigimos.
Tomamos directamente el Metro porque se estaba haciendo tarde. El barrio fue el epicentro de los primeros movimientos de protesta gay. Al caminar unas cuadras notamos que inclusive el movimiento tiene una calle llamada gay st. También fue un gran bastión cultural en la década del 60. Músicos como Bob Dylan y Jimmy Hendrix vivían en el barrio. Al cabo de unos minutos llegamos a la zona comercial y ubicamos el negocio naturista. El local era una especie de supermercado. Se ofrecían plantas y productos de todo tipo y color. El lugar se encontraba repleto de gente por lo que apuramos a Martín que finalmente encontró la yerba. Ya era tarde, pagamos y volvimos en metro al hostel.
Nuevamente en nuestro bunker neoyorkino, decidimos que era tiempo de lavar ropa. Mientras que Luca se quedó chateando en el hall, Martin y yo nos dirigimos a un lavadero ubicado a una cuadra y media. A diferencia de los lavaderos argentinos, este local se encontraba equipado de lavadoras completamente automáticas que hasta daban cambio y recibían billetes. Compramos jabón en polvo y suavizante en sachet, metimos la ropa en una de las lavadoras y la encendimos. Como el lavado completo demoraba unos 40 minutos Martín se puso los auriculares y comenzó a leer un libro. Yo lo imité y tomé mi versión de Alexandros, la novela histórica de Valerio Massimo Manfredi donde relata las aventuras y conquistas de Alejandro Magno. Luego y de unos minutos dejé a un lado la conquista de Persia y salí sólo a la calle. Era una noche cálida. Intentaba captar al máximo los sonidos cotidianos del barrio. Una pareja pasaba y conversaba sobre sus planes para más tarde. Un hombre con capucha pasaba con las manos en los bolsillos de su campera y la mirada fija al pavimento. Se oían risas de una mujer que hablaba por teléfono en uno de los apartamentos de los edificios del frente. Midtown se mostraba, al igual que Tribeca, en su máximo esplendor de cotidianeidad.
Volvimos con los bolsos al Hostel, aprovechamos nuevamente la promoción de la pizza por peso del local de enfrente y al cabo de unas horas nos acostamos.


7.3.15

Trotamundos: Nueva York - Día 4

Nos levantamos más temprano que de costumbre. El plan diagramado para hoy era la visita a la Isla Ellis y la Estatua de la Libertad. Francamente de chico nunca soñé con conocerla. El pecho se me hinchaba con el Parthenón, el Coliseo y otros lugares donde la historia de la edad media y antigua se vistieron de testigos. Sin embargo si uno va a visitar Nueva York, la visita a la estatua es una parada casi obligada.
Para no demorarnos mucho tiempo en el hotel decidimos desayunar en la ciudad. Buscando algún lugar de los cientos que ofrece la Gran Manzana (los neoyorquinos le dan una especial atención a esta comida) paramos en una tienda de bagels. La oferta gastronómica del lugar ofrecía muchas calorías para afrontar con fuerza el día. Bagels con queso cheddar, huevo, hongos, panceta y demás ingredientes eran algunas de las tantas opciones de gran contenido calórico para elegir. Sentía una gran pesadez debido a la mucha comida rápida ingerida en los últimos días así que opté por una versión más light de yoghurt con cereales. Tanto Martín como mi hermano no fueron tan cautos y se inclinaron por el baguel de huevo frito, panceta y queso cheddar. Mi hermano al finalizar se tocaba la panza saciado como si fuera un guerrero germano luego de comerse a un jabalí entero. Luego de ese desayuno de campeones nos dirigimos hacia Battery Park, lugar desde donde salen los Ferrys hacia la Estatua de la Libertad.
Llegamos cerca de las 11 hs. Para poder ir a la isla y entrar a la estatua uno debe reservar los tickets previamente por internet. La demanda es tan grande que un mes antes del viaje la visita a la zona más alta de la estatua se encontraba agotada. En Clinton Castle, lugar por donde se retiran las entradas, un señor con un pésimo inglés era el acomodador de las filas. "Come Hiere", "Please for this ways" en un acento con una marcada predominancia del español resonaba en los turistas del lugar.  Esperamos media hora hasta que finalmente obtuvimos los tickets. Luego por orden de llegada y después de pasar varios puntos de control subimos a los ferrys que llevan a Liberty Island. Todo el viaje demoró aproximadamente una media hora pero lo disfrutamos mucho ya que desde allí se puede apreciar una de las mejoras panorámicas de Manhattan. Todos los tripulantes se  agolpaban para tomar la foto, tanto así que solo unos pocos se quedaron sentados en el bote.


Al bajar los empleados del lugar nos ofrecieron unas audio guías gratuitas con las que uno recorre la isla y escucha relatos sobre la historia de la Estatua. En mi caso particular no sabía que era un obsequio de los intelectuales franceses, en donde el país europeo en ese entonces se encontraba bajo dominio de Napoleón III, o de la participación inicial de Eiffel en el proyecto y otros detalles sumamente interesantes, obligados para los profesores de historia. Si bien el recorrido es recomendable, es imposible evitar los clichés y el orgullo patriótico que exporta Estados Unidos al referirse al simbolismo de la estatua, no necesariamente falso pero sí un poco agobiante. El contraste entre este orgullo y la veta comercial es tan cercano que al terminar el recorrido uno puede ir a la tienda de obsequios y comprar una mini-estatua de la libertad bailarina. Contradicciones las tenemos todos pero esta me resultaba un poco fuerte.
Luego de terminar nuestro recorrido en la isla decidimos pasar por Isla Ellis. Funcionó como Aduana desde 1890 hasta 1954 momento en que cayó en desuso. Para hijos y nietos de inmigrantes como somos los sudamericanos, el lugar es sumamente conmovedor. Uno puede observar fotos de las miles de personas que pasaron por allí. Imagina sus historias no tan distintas a nuestros abuelos o tatarabuelos que decidieron emigrar hacia Argentina buscando mejores oportunidades. El lugar que más impresiona es el salón principal ubicado en el 1er. piso. Es curioso que años atrás, miles de personas fueron inspeccionadas y revisadas para entrar en suelo estadounidense, similar a El Padrino II cuando Vito Corleone pasa por el mismo lugar.
Luego de contemplar por unas horas el lugar emprendimos el retorno a Manhattan. Ya en el hostel nos reencontramos con Juan y Belén, unos argentinos que conocimos días atras. Previamente habíamos acordado que íbamos a ir juntos al Empire State. Juan era un amante del Central Park confeso. Nos contó había ido a patinar allí casi todos los días desde que llegó a la ciudad. Nos fuimos a bañar y a cambiarnos para partir rumbo a uno de los rascacielos más famosos del mundo.
Ya en la puerta del edificio se nos abalanzaron los cientos de vendedores de entradas que te prometían no hacer cola si les comprabas a ellos. Los eludimos y finalmente nos dimos cuenta que en realidad no se debía esperar mucho. Al cabo de unos 10 minutos ya estábamos dentro del edificio. Lo que más me sorprendió es la imagen con el edificio y la cúpula emanando rayos de sol desde la punta. Es como si el edificio fuera el icono del imperio.
Todo el trayecto se desarrolló muy ordenado. Uno hace un circuito donde a los costados figuran datos del histórico edificio que desemboca a la zona de boleterías. En ese lugar se dio el único hecho reprobable de toda la visita. Al pagar con un billete de 50 u$s la cajera, una mujer de unos 40 años, de tez morena, con cara de pocos amigos, miró a su compañera y con un total desprecio exclamó en inglés la frase "Odio a los turistas". Esperé el cambio y como corresponde a una persona educada le agradecí el cambio con una gran sonrisa dibujada en mi rostro. Seguimos rumbo al elevador que se tornó en una experiencia difícil de recordar. 50 pisos en tan solo unos segundos genera en el cuerpo un efecto que no es comprendido totalmente por la vista y el oido ya que prácticamente uno parecía que no se movía.
Llegamos al observatorio, Un salón semicircular con una hermosa vista de la  ciudad. Mi mayor hazaña fue descubrir la contraseña del wifi del personal de seguridad (el 123456 a veces funciona). Al salir a la parte exterior del observatorio nos dimos cuenta que en las alturas el frío se hace notar. Mientras que en la ciudad se gozaba de una temperatura de 25 grados, allí arriba la térmica bajaba a 10 C°.
Estuvimos allí un buen rato sacando fotos de la hermosa vista de la ciudad. Con tantas luces uno puede divisar los edificios más importantes como el Edificio Chrysler y nota muy bien las avenidas con las luces de los autos. Contemplamos la vista unos minutos más y luego empezamos a caminar por las calles de la ciudad.
Juan escuchó en el Hostel sobre uno de esos nuevos "bar on the roof" llamado 230 fifth. Esta clase de bares son la nueva moda de Nueva York. Como no se pagaba entrada nos dirigimos para allá. La entrada, un edificio común y corriente se encontraba custodiado por un hombre de seguridad que sólo nos pidió los pasaportes y pasamos. Cuando llegamos al bar nos dimos cuenta que desentonábamos bastante con el lugar ya que ibamos vestidos de una manera muy común y por lo que parece los neoyorquinos se arreglan bastante para salir. Para salir a la terraza exterior del bar entregaban unas capas de lana roja, similar a la de caperucita, lo que nos sirvió para camuflarnos entre la pomposa multitud. La gente de salida nocturna es casi igual en todas las ciudades que visité. Ríen exageradamente, hablan exageradamente y toman exageradamante como si hubiera que demostrar lo bien que uno la está pasando. Como las botellas pequeñas de cerveza estaban unos 15 u$S decidimos comprar dos para el todo grupo, no tanto para tomarlas sino más bien para que no nos echen del lugar. Estuvimos afuera un buen rato y luego decidimos retornar al hotel porque era muy tarde y estábamos muy cansados por el día muy cargado que habíamos disfrutado. En el salón, un hombre completamente borracho tenía atrapada "amistosamente" a una chica muy voluptuosa de rasgos orientales. La chica sonreía como si dudara de zafarse o quedarse atrapada. Luego de unos minutos de un cálido forcejeo la chica decidió soltarse. El hombre quedó tambaleando y sonriendo en su lugar. Intenté animarlo para que la vaya a buscar pero no entendió una palabra de lo que dije.
Volvimos al hostel y nos acostamos para afrontar el día siguiente.


24.12.14

¡Feliz Navidad!

Queridos Lectores,
Mas allá de toda pomposidad consumista y marketinera, que esta fiesta sirva de unión y disfrute con los seres que elijan para pasarla.
A continuación les dejo un vídeo muy interesante de la navidad. Espero que lo disfruten.


24.11.14

Trotamundos: Nueva York - Día 3

Las luces de la mañana de la ciudad de Nueva York penetraban nuevamente por la ventana de nuestra habitación. Como lo hicimos el día anterior, desayunamos en el hotel y salimos a una ciudad que se mostraba completamente diferente a la de los días anteriores. El "maldito lunes" hizo salir esta vez a los neoyorquinos con su latte en la mano derecha y el smarthphone en la izquierda (Es increíble como se concentran al hablar por teléfono, es como si el mundo no existiera más que para el trabajo de oficina).
Volvimos a tomar el metro para terminar lo que habíamos empezado el día anterior, el indomable Central Park. El plan era recorrer el parque de norte a sur. Empezamos a caminar por la ruta principal. Debido al gran tamaño del mismo es como si uno olvidara que está inmerso en una de las ciudades más pobladas del mundo. Mientras observábamos el paisaje del lugar rápidamente se hace notar la gran preponderancia que tiene el deporte, especialmente en la época cálida del año. Caminamos un buen rato acompañados de mucha gente practicando running o montando bicicletas. El número de personas era tan grande que tampoco parecía un día laborable.
Llegamos a North Meadows. Un montón de adolescentes jugaban al baseball. Nos sentamos en unas bancas para tomar agua y descansar un poco. Contemplábamos el paisaje, el murmullo de los jóvenes jugando. Esperamos un rato y luego seguimos. Si bien hasta el momento estábamos bajando por la parte este del parque, decidimos cruzarlo horizontalmente y seguir por la oeste. Mi gran sorpresa fue que a diferencia de lo que pensaba, el parque se podía cruzar en no más de 10 o 15 minutos a pie. Fue una gran sorpresa para mí porque si bien el tamaño del Central Park es considerablemente grande, no lo era tanto comparado a lo que me imaginaba.
Llegamos a la Reserva Jacqueline Kennedy Onassis, un lago artificial de gran tamaño del que, gracias a su forma circular es de las preferidas para los corredores. La vista del parque desde este lugar es de las más hermosas ya que no hay árboles que impidan la vista general del cielo.
Luego de pasar la reserva nos dirigimos hacia los límites del lado este para pasar por el Museo Metropolitano (MET). Llegamos a las escalinatas de las entradas. Un montón de niños con sus maestras esperaban a entrar. Niños corrían, otros sólo almorzaban y muchos se tomaba fotos y se reían. El lugar era un completo bullicio. Los carritos de comida rápida apostados en la calle uno al lado del otro proveían a los visitantes de comida. Tanto así que yo me rendí a la tentación y me compré un Hot Dog (el más caro que pagué por cierto). Mis compañeros no tenían hambre así que cuando terminé de comer retomamos viaje ya que no estaba en los planes entrar al museo.
Seguimos caminando en dirección al sur y nos topamos con el Castillo Belvedere, una construcción que simula a los castillos medievales y del cuál se obtiene una gran vista del parque. Mientras nos acercábamos al edificio empezamos a escuchar a un grupo de jóvenes argentinos. Es curioso lo que ocurre en el exterior con un argentino. Raras veces uno se sorprende o entabla conversación con un compatriota. Especialmente en lugares donde hay muchos. Se adelantaron y los perdimos de vista.
El castillo Belvedere cuenta con tres niveles. Desde arriba uno puede notar un lago en la parte este y los edificios altos que adornan al verde llano del parque. También hay un anfiteatro que por lo que pudimos leer se hacen recitales al aire libre allí. Descansamos, sacamos fotos por unos minutos y luego retomamos la marcha.
Volvimos un poco atrás para apreciar los floriados paisajes del Shakespeare Garden, hechos en honor al escritor. Llegamos a la parte oeste del parque y los muchachos decidieron parar e ir a buscar comida. Yo por lo pronto me sentía muy cansado de caminar y me acosté directamente en el pasto. Una niñera hamacaba a un niño mientras leía un libro. Unos niños corrían y jugaban. Era como una canción de cuna para mí. Mis ojos se cerraron lentamente hasta que de repente se volvieron a abrir. Cuando alcé mi cuerpo tanto Martín como Luca habían seguido mi ejemplo y estaban realizando una siesta reparadora. Esperé unos minutos hasta que todo el grupo se activó nuevamente para retomar camino.
Continuamos por la parte oeste del parque hasta llegar a la fuente Bethesda, popularmente conocida por aparecer en películas como "Mi Pobre Angelito". La reconocimos de inmediato por el ángel que se erige en el centro de la fuente. El lugar se haya compuesto por una terraza rodeado de unas escalinatas que llevan a una galería en el medio y al ángel de la fuente que apunta hacia un pequeño lago. Aprovechamos para usar los baños y seguimos viaje.
Contemplamos el verde del parque, subimos escaleras, pasamos por puentes hasta que finalmente llegamos al final. Anteriormente había aportado a mis compañeros que en alguna parte de la parte sur se encontraba la estatua de San Martín. Curiosamente y sin buscarlo desembocamos en la misma estatua. Nos llenamos de alegría y de goce por terminar nuestro trayecto allí ya que nos pareció un excelente broche de oro. No sólo nuestro gran prócer estaba allí sino que lo acompañaban las estatuas de Bolívar, José Martí y Giuseppe Garibaldi. Todo cobró sentido cuando me di cuenta que ese espacio desembocaba en la Avénida de las Américas (de allí en más, inclusive a la vuelta del viaje empece a prestarle especial atención a estos homenajes con sentido propio que uno por rutina desconoce su historia).
Miré nuevamente al parque y lo contemplé una vez más. Lo observaba como el rey al territorio conquistado. Estuvimos unos momentos y luego nos adentramos nuevamente en la ciudad.
Bajamos hasta el Bryant Park ya que Martín se encontraba ansioso por conocer la Biblioteca Pública de Nueva York, conocida por aparecer en la película "el día después de mañana" (es curioso como el cine y los paisajes se funden con la ciudad). Entramos por la puerta lateral custodiada por dos leones de mármol. La entrada de un color blanco impecable y con un terminado techo de madera conducía a dos escaleras laterales que nos llevaron al piso superior. Luego de husmear un tiempo en la sala de obsequios continuamos por diferentes pasillos que nos llevaron a la sala principal de lectura. Esta, alumbrada por varias arañas colgantes se mezclaba de inconfundibles detalles artísticos de madera con pinturas renacentistas. Contemplamos el ambiente por unos minutos. Una mezcla de estudiantes, turistas y lectores generaba un bullicio latente que no conseguía interrumpir la armonía del lugar. Solo el murmullo casi imperceptible, similares a los que se escuchan en una iglesia, se hacía notar en un espacio reinado por el orden.
Salimos nuevamente por donde vinimos. Debido a lo cansador de la jornada decidimos hacer una parada en un carrito de helados. Sí, esos que también se ven en las películas. De las varias opciones yo me decanté por el clásico cono de chocolate. Martín tuvo una apuesta arriesgada al elegir el de pistachos multicolores.
Seguimos caminando con los conos de helado nuevamente en dirección al norte. Decidimos hacer unas compras en la zona ubicada entre Midtown y el Central Park. Pasamos por la iglesia St. Patrick pero no pudimos apreciar mucho de ella ya que se encontraba en total reparación. Hicimos una parada grande en la tienda NBA donde nuestros espíritus de consumistas apasionados por el básquet se desataron en un frenesí, un tanto controlado de mi parte, de consumo basquebolistico. Salimos y pasamos cerca de Rockefeller Center, continuamos por Sony Store donde probamos varios juegos de PS3 y PS4 hasta culminar nuestra curiosidad en el Apple Store. La tienda, un parque de diversiones para los nerds de la tecnología en los cuales me incluyo, se encontraba en el1er. subsuelo a la que uno accedía por un ascensor. Ya dentro de la tienda debo decir que, más allá del tamaño, un tanto más grande que otras me pareció lo mismo que en otras visitadas. Tal vez el poco dinero para acceder a un producto oficial de Apple hizo que la estadía allí no fuese tan fructífera. La conexión WIFI de 1er. nivel sirvió de punto de encuentro para una llamada por Skype con mi novia y mi hijo en Argentina.
Ya era de noche en la ciudad. Como escurriéndonos, nos dirigimos nuevamente al hostel. Cenamos fruta y nos pusimos a charlar con nuestro compañero de cuarto alemán. Luego de unas charlas de política y cultura decidimos irnos a dormir.











13.10.14

Trotamundos: Nueva York - Día 2

El primer día de Nueva York se había caracterizado por ser super intenso y completo. El segundo no nos podía defraudar. Nos levantamos bien temprano y desayunamos en el hostel. La estrategia principal de todo viajero, especialmente los que viajamos con el dinero justo, es aprovechar al máximo el desayuno para si ahorrarse dinero en el almuerzo. Esta experiencia no iba a ser la excepción. Sin embargo los alquileres altos de Manhattan nos sorprenderían con el siguiente hecho. Como en el edificio no había lugar para un salón comedor,  utilizaron el espacio de la entrada de calle para ubicar una mesa con donas, café, leche y chocolate caliente, cortesía de #donkindonuts. Me llevé el chocolate caliente y 4 donas a la boca para llenar mi estómago. Digamos que no era el desayuno esperado pero cumplió con el objetivo propuesto.
El clima en Nueva York estaba espléndido como el día anterior. Salimos en dirección a la calle 125 para tomarnos el metro con destino a Harlem. Era domingo y nuestra intención era presenciar una misa de coro Gospel ya que nos habían hablado mucho de lo pintoresco de la experiencia.
Todo el trayecto en metro demoró unos 40 minutos. La primera impresión de Harlem fue bastante positiva: Un barrio poblado, con avenidas anchas y lleno de tiendas. Lo más reconocible de Harlem son los imponentes monoblocks de color naranja vistos en el cine. A diferencia de lo que ocurre en Hollywood, la zona no parecía tan insegura como se la retrataba, por lo menos en el tiempo que estuvimos en el barrio. Caminamos hasta la iglesia seleccionada pero la misa ya estaba finalizando y había mucha cola para ingresar así que decidimos entrar a otra. Optamos por una que habíamos visto camino a allí. Para nuestra decepción no era una misa con coro Gospel, sino una común y corriente. Lo positivo era que esta parecía ser de la comunidad latina ya que todos se dirigieron a nosotros en español. Es llamativo como las comunidades pasan a ser tan fuertes y necesarias en Nueva York. Es como que uno debe rodearse de gente con costumbres parecidas a uno. Después de esperar allí unos minutos y saludar a los reverendos (con el tiempo me dio la sensación de que se trataba de una misa pentecostal) salimos con un poco de desazón por no cumplir nuestro objetivo.
Recorrimos unas horas el barrio y sus tiendas; y luego comenzamos a bajar al sur en dirección al Central Park por la Amsterdam Avenue. Aquí las casas características de ladrillo naranja son más comunes ya que la zona guarda una gran impronta de los primeros colonos de Países Bajos. Curiosamente la ciudad antes de llamarse Nueva York se llamó Nueva Amsterdam, dato que encontré en Internet y que me llamó mucho la atención ya que uno comúnmente relaciona a la ciudad con la inmigración irlandesa e inglesa.
Como guía del grupo sugerí hacer una parada a la Iglesia de San Juan el Divino ubicada camino al Central Park. Mis compañeros accedieron. Camino a la catedral pasamos primero por el Morningside Park. Mientras mas nos acercábamos al parque, a la lejanía escuchábamos unos gritos y ruidos de zapatillas que se frenaban con el suelo. En las canchas de básquet dos grupos de amigos jugaban un partido que parecía bastante disputado e intenso. A diferencia de los profesionales estos no embocaban siempre en la red. Lo más chistoso es que el partido se detenía seguidamente porque no lograban ponerse de acuerdo con el marcador. Mientras que algunos trataban de poner paños fríos a la discusión otros seguían discutiendo encendidamente. Tanto así que uno optó por revolear la pelota e irse. Su equipo lo siguió. Uno del equipo contrario trató de convencerlos para que volviesen a la cancha y accedieron. Lo que más llamaba la atención eran los gestos del más estrafalario de ellos. Tenía el ceño fruncido, movía mucho las manos y caminaba como si fuese un gallo peleador. Desafiaba a todo el equipo contrario.  Cuando uno trató de bajar los deciveles  diciendo "vamos, dejemos de pelear" el contestaba con una entonación pronunciada: "¡que! Esto no es una pelea, ¿quieres ver una pelea? Esto nos ni de cerca una pelea". Mientras los gladiadores del basquet seguían su riña, otros miraban seriamente toda la escena mascando chicle y picaban su pelota.

Luego de observar unos minutos seguimos camino y subimos por una escalera que desembocaba en la calle Morningside Dr. calle lateral de la Catedral. Esta, de un estilo gótico inconfundible, consta de un patio en la parte lateral con una imponente escultura que funde a la luna, con un arcángel y un ciervo. La observamos por unos minutos y entramos al edificio. El techo se encontraba adornado de los restos de las torres gemelas formando un animal alado. Contemplamos un momento sus vitriales, las estatuas y la cúpula y nos dirigimos luego al Central Park. Chistosamente, al hacer unas dos cuadras notamos que los dos equipos de básquet que nos cruzamos en el parque ya se estaban despidiendo de una forma amistosa por suerte.
Al cabo de media hora, llegamos a la entrada norte del Central Park. Estábamos indecisos. No sabíamos si recorrer el parque en bicicleta o hacerlo caminando. Como la bicicletería cercana no tenía para alquilar decidimos posponer el parque y dirigirnos a Brooklyn. Era época de playoffs en la NBA y queríamos ver la posibilidad de sacar una entrada para la serie de los Nets con Miami Heat.
Llegamos a Brooklyn a eso de las 5 de la tarde. De la estación de Metro caminamos por la Fulton Av. hasta tomar una lateral y llegar al Barclays Center, hogar de los Brooklyn Nets. El fanatismo de la gente de Brooklyn por su equipo se hace notar al pisar el barrio. Muchos portaban la camiseta negra como si se tratara de una cuestión de estado. Inclusive, las tiendas destacaban sus productos relacionados con el equipo. Como segunda sorpresa nos dimos cuenta que el estadio por ser domingo se encontraba cerrado así que entramos a las tiendas cercanas a la zona. Una de las situaciones más curiosa de todo el viaje ocurrió en una casa de electrodomésticos. Yo portaba una mochila donde llevaba buzos y botellas de agua. Al salir estúpidamente le pregunté al guardia de seguridad si quería revisar mi mochila. El hombre me miró severamente y me dijo que no era necesario, "salvo que me esté llevando algo",  "You are stealing something?", "Nouuu" contesté. El hombre agitando los brazos y los hombros me decía en inglés algo así como "entonces confío en vos, andá tranquilo". Al salir, muy avergonzado por cierto, noté que en Argentina antes de entrar a una tienda somos tratados como ladrones potenciales, tanto que nos terminamos acostumbrando a esa acusación.

Seguimos caminando por Brooklyn en dirección a Manhatan por la Av. Atlantic. Hicimos una parada en la Cadman Plaza. Debido al buen clima mucha gente practicaba deporte. Un padre lanzaba su pelota de béisbol al chico, otros se animaban con la pelota de fútbol y algunos practicaban boxeo. Contemplamos el paisaje unos minutos. En ese instante intentaba atesorar la postal en mi cabeza. Para esa gente ese lugar era algo cotidiano, alcanzable. Para mí era un lugar que tal vez vería una sola vez en mi vida. La imposibilidad de volver a los lugares me provoca melancolía. Cierto es que las oportunidades únicas, irrepetibles hacen que la oportunidad se valore mucho más. Despidiéndome de ese ambiente emprendimos la marcha hacia el puente de Brooklyn. Antes paramos por un café de Starbucks. Las calles del centro además de ser ondulantes y angostas tienen la particular magia de tener como fondo de paisaje al famoso puente, Como ya estábamos cerca del atardecer propuse ir al Main Street Park, para tomar unas fotos. Debo decir que el paisaje es increíble. Ambos puentes, Brooklyn y Manhatan junto al espacio verde y la caída del sol formaban una atmósfera sencillamente hermosa. Sacamos varias fotos y ahora sí nos dirigimos al puente para regresar. En el camino nos encontramos con Alejandro, un argentino de Berazategui. Alejandro volvía mañana a Argentina. Mientras íbamos hacia el puente, nos contaba todo lo que le brindó la ciudad, los conciertos, las luces, la comida, etc. Ya en el puente (a no asustarse los autos van por debajo de una especie de camino elevado que permite el paso de peatones y ciclistas) mientras nos sacábamos fotos él  decidió dejarnos en nuestro furor de segundo día en la ciudad, apresuró la marcha y siguió camino. Era como si el estaba ya en otra sintonía, Lo seguí con la vista hasta que finalmente se perdió entre la muchedumbre. El paisaje de los edificios altos de Manhatan junto al río y el atardecer nos dieron una de las mejores postales de la ciudad. Bromeaba con mi hermano y nos mirábamos con la idea cómplice de que no podíamos creer lo que nuestros ojos contemplaban.
Ya del otro lado tomamos el Metro de regreso y volvimos al Hostel. Para nuestra suerte era día de Karaoke por lo que al poner la caradura y cantar unas canciones  comimos pizza y nos reímos por un buen rato.
Ya en nuestro cuarto nos metimos rápidamente en la cama. Había sido un día cargado y necesitábamos sumar fuerzas para todo lo que restaba por venir. Leí unas páginas de "Alejandro y los confínes del mundo" de Valerio Massimo Manfredi hasta que mis párpados se hicieron más pesados y se cerraron plácidamente.