5.7.15

Trotamundos: Boston y regreso a Buenos Aires...

Salimos del hotel bien temprano para tomar el 150 con destino al aeropuerto. Ya en la parada, una mujer morena con el café en su mano derecha hablaba en francés con sus manos libres. La avenida Collins se encontraba semidesierta a esas horas y solo se veía gente en la calle preparada para ir a trabajar.
Esperamos unos 15 minutos y el bus finalmente apareció. La tarifa era 2,65, ingresé 3 Us en la máquina y el chofer me dijo algo pero no lo entendí, esperé unos segundos hasta que entendí que la máquina no daba cambio. Tomé mis valijas y me dirijí al fondo del bus. Una señora que pasaba por ahí me aclaró con un dejo de ironía en español que los buses en Miami no dan cambio. "Podrías haber puesto 20 Us y el chofer no te lo hubiera aclarado". Sonreía burlonamente. Tardamos en llegar al aeropuerto aproximadamente unos 40 minutos ya que las calles estaban un poco congestionadas.
Llegamos, hicimos el check in y nos dirigimos a la zona de desembarco. En inglés la empleada de seguridad nos decía que las maletas no entraban y que necesitábamos despacharlas. Como buenos argentinos sacamos prendas de una valija y tratamos de meterlas en otra. Seguimos la lucha unos minutos hasta que finalmente la mujer se rindió y nos dejó pasar.
Llegamos a Boston 3 horas después. Tomamos las valijas y nos dirigimos a la linea Silver, el transporte de bus gratuito que nos dejaba en South Station, a pocas cuadras del Hostel. Debo decir que el mismo era muy moderno. A mitad del viaje, a través de los parlantes se nos indicó que el bus se detendría un momento para cambiar el combustible a diesel. Bajamos en la estación y sacamos el mapa. Rápidamente una señora se nos acercó para ofrecernos su ayuda y orientarnos. Nos indicó hacia donde debíamos caminar. Para llegar hasta el Hostelling International, el lugar donde nos hospedábamos, debíamos atravesar el barrio chino de Boston. Aunque era visible la impronta asiática del barrio, este era mucho menos populoso que el de Nueva York. A diferencia de la Gran Manzana, Boston está llena de calles sinuosas y semicirculares por lo que nos tomó un tiempo un poco mayor orientarnos y llegar al hostel.
El Hostelling International se mostraba mucho más imponente que los demás hospedajes que estuvimos. De un diseño mucho más moderno y mayor espacio nos sentíamos en una oficina de Google. Dejamos las valijas en la habitación y nos dispusimos a aprovechar las pocas horas de estadía en la ciudad.



Nuestra primer parada fue el Boston Common, el parque central de Boston. Si bien era de mucho menor tamaño que el Central Park, se encontraba mejor cuidado con el césped cortado de manera pareja y arreglos florales por doquier. Contemplamos la vista unos minutos, pasamos por la estatua de Washington y nos dirigimos a Beacon Hill, un barrio muy pintoresco de la ciudad. Al llegar al barrio sentí que me transportaba directamente a una mini-Londres. Contemplaba las casas de dos pisos de ladrillo rojo, los callejones pequeños y los negocios de vidrieras amplias. Como de costumbre me hacía pensar en el como sería vivir en esa ciudad. Visitar sus cafés, sentarme en una plaza y contemplar el ritmo de la ciudad, salir a cenar, retornar al hogar. La naturaleza de aventurero y amante de lo desconocido me provocaba cierta congoja por la imposibilidad de lo añorado. Paramos en un Starbucks para tomar unos cafés y retomamos la marcha.
Luego de media hora de marcha quedé asombrado por lo silenciosas que eran las calles . Hasta podía percibir grandes instantes de total silencio. Seguimos rumbo al norte hasta llegara a Cambridge Street, mucho más populosa y poblada. La gente se apresuraba para tomar el metro que cruzaba el puente Longfellow. Seguimos en dirección este para ver el Govenment Center y volvimos por Beacon Street para contemplar la State House con su tradicional cúpula dorada. Bajamos por Park Street hasta el Dowtown Crossing de la calle Winter, la calle peatonal comercial de enorme parecido a la calle Florida.
Luego de caminar unos 40 minutos notamos que Boston era más pequeña de lo que imaginamos ya que en un corto lapso de tiempo recorrimos tres barrios que parecían muy grandes en el mapa.
Retornamos al hotel luego de realizar unas compras en Dowtown Crossing y emprendimos nuevamente el camino al norte. Pasamos por el Theater District, la zona de teatros de la ciudad. Mucho más modesta y tranquila que Broadway debo decir.

Subimos por Washington Street y giramos a la derecha por la calle State hasta llegar a Long Wharf, la zona del puerto de Boston. Ya era de noche, la vista de los edificios iluminados de la ciudad era de ensueño. Contemplamos el paisaje por unos minutos y nos pusimos en camino rumbo al Quincy Market. Tomamos Atlantic Street, La Avenida que rodea el este de la ciudad, seguimos por State y giramos a la derecha en Kilby hasta llegar al Quincy Market y el Faneuil Hall. Si bien la fachada del mercado se mantenía maso menos al estilo antiguo, por dentro lo habían refaccionado mezclando lo antiguo con lo moderno, muy similar al Chelsea Market visitado en Nueva York. Actualmente dispone de tiendas de comida rápida y ropa, tanto en el corredor central como en los dos subsuelos laterales. Nos quedamos afuera por un tiempo, principalmente porque la zona estaba muy bien decorada con arreglos de luces en los árboles y tiendas por doquier; y además brindaba Wifi Gratis, cosa primordial  en un viajero. Seguimos camino a North End y nos topamos con el Memorial del Holocausto de una creatividad peculiar. El mismo era una galería al aire libre con dos columnas de vidrio en los costados que contaban la historia de un sobreviviente. Del suelo salía un vapor emulando a las cámaras de gas utilizadas por los nazis. Causaba gran impresión pasar por la galería, inhalar el vapor y leer las historias. Luego de esto continuamos por la Calle Hanover. Al cruzar Cross Street entrábamos en North End, un barrio de restaurantes y populares panaderías. Todos venían con una caja en la mano con comida. Seguimos por Hanover, que se encontraba muy poblada hasta llegar al fin de nuestro recorrido: Old Nort Church. A diferencia de Hanover, muy iluminada y llena de gente, la plaza previa a la iglesia con la estatua de Paul Revere, uno de los héroes de la ciudad en la Guerra de la Independencia Norteamericana, se encontraba totalmente oscura y vacía. La iglesia no era una excepción. Solo se podía percibir la punta de la misma en contraste con el cielo. Llegamos al pórtico en un total silencio. Me quedé contemplando la plaza por unos segundos e interiormente sentía que era una metáfora del viaje, todo comenzaba a apagarse lentamente como el final de una buena película.



Eran las 21 hs, retornamos al hotel recorriendo las zonas por las que transitamos y la ciudad se iba apagando a medida que bajábamos hacia el China Town. Hubo ocasiones en que mi curiosidad me llevó por callejones oscuros y silenciosos pero Martin y Luca insistían en que no era una buena idea y retomábamos por otra calle. Debo decir que esos lugares me recordaban a la Withechapel de Jack el destripador. Para ser temprano la ciudad se encontraba prácticamente desolada. Sólo veíamos jóvenes que venían de salir o turistas como nosotros.
Antes de llegar al hostel pasamos por un mercado a comprar la cena. La última del viaje fue menos glamorosa de lo que esperaba. Compré una gatorade de Uva y una especie de roll congelado, relleno de queso y pepperoni. Lo curioso fue cuando debíamos pagar ya que no había cajeros sino que era todo automático, muy simple por cierto.
Comimos en la zona común del hostel y como de costumbre comenzó a invadirme una intensa melancolía. Repasé los lugares visitados, las personas, las experiencias. Comía en silencio con la mirada puesta en el ventanal. Una joven china jugaba con otra y tomaba algo de la heladera. Otros escribían en su laptop. Intentaba sentir y sacarle el jugo lo más posible al lugar. Deseaba congelar el tiempo para que la experiencia no se termine. Sin embargo este es un enemigo indomable. Me reconfortaba la idea de que al menos pude realizarlo mientras que otros no y agradecía lo afortunado que era. Luego de comer me dirijí a la habitación del Hotel. Tomé mi libro y las historias de Alejandro Magno me daban compañía en ese momento de reflexión y pura soledad.




Regreso
Tomamos las maletas y nos dirigimos hacia la terminal de trenes. Esperamos allí 40 minutos y nos subimos. El tren Amtrak que nos llevaría a Boston era mucho menos moderno y sofisticado que los semi-rápidos europeos pero aún así presentaba ciertas comodidades a los que no estamos acostumbrados en nuestro país como conexión a internet y electricidad para los artefactos electrónicos. La conexión no funcionaba muy bien pero lo cierto es que todo el posteo de Boston fue escrito durante las 4 horas de recorrido.
Ya en Nueva York, tratamos de aprovechar las últimas horas en la ciudad. Dejamos las valijas en un depósito de Hell Kitchen y nos dirigimos nuevamente a Times Square. Repetimos merienda-cena en la pizzería en la que Luca nuevamente se deleitó con su porción new york style con pollo y barbacoa. Pasamos también por H&M y Macy´s para hacer unas compras. Caminamos por la zona de la Biblioteca Pública y luego de unas horas volvimos por nuestras valijas y nos dirigimos al Metro.
Estábamos muy pesados de equipaje luego de nuestro paso por Miami. Nos sentamos cada uno donde pudimos y emprendimos viaje hacia al aeropuerto JFK.
Trataba de sacarle fotos a un letrero muy original y noté que la persona que se sentaba a mi lado se reía. El hombre me miró amablemente y preguntó de donde era. Su nombre era John y era de Sri Lanka. Trabajaba los fines de semana en la Gran Manzana y volvía a su hogar con su mujer e hijos. John tenía alrededor de unos 50 años, una mirada cristalina y una sonrisa amplia de dientes muy blancos. Le consultaba por la situación de Sri Lanka y me dijo que las cosas iban bien pero no tanto, a pesar de que su gran vecino, India, se ungía como uno de los grandes jugadores de la política económica mundial futura. Con un tanto de torpeza le pregunté si había tenido oportunidad de volver a su país natal. Con una sonrisa cortés y una pizca de melancolía en sus ojos me explicó que no había vuelto desde que se fue hace 20 años atrás. A modo de cortesía añadió que la tecnología, aunque no era suficiente, achicaba las distancias con sus seres queridos. Llegamos a la estación y me despedí de él. Esta última charla me volvió a recordar lo vasto que es el mundo. Gente de distintas nacionalidades, credos, culturas habitan este mundo misterioso, inabarcable e imperfecto.
Pasamos los controles y esperamos en la zona de embarque un tiempo. Bromeamos con mi hermano para pasar el tiempo. Soñábamos con la idea de poner una pizzería New York Style en Buenos Aires. Era nuestra manera de matar la melancolía del retorno. Tomé el libro de Alexandros y paradójicamente también eran las últimas páginas del libro.
Las aventuras de Alejandro se terminaban paralelamente a mis aventuras en Estados Unidos. Sólo el tiempo y el destino me volverían a reencontrar con los viajes y de tierras lejanas de experiencias y costumbres desconocidas. El Trotamundos volvía a dormirse esperando que una nueva travesía despierte al nómada imparable que habita en el interior de mi ser. La aventura había llegado a su fin.


19.6.15

Trotamundos: Miami

Para continuar describiendo las peripecias del Trotamundos romperemos el formato crónica que fue desarrollado a lo largo de la experiencia en Nueva York. Las razones son simples, el estilo de la estadía en la ciudad de Florida difiere bastante a la de la Gran Manzana y mantener el formato mencionado haría del relato mucho más aburrido, aletargado. Por tal motivo se explayará lo vivido en formato resumen, resaltando los puntos altos de esta parte del viaje, que lo hace menos pintoresco pero no por eso menos ilustrativo.

Llegada
El viaje desde Nueva York fue corto y sin complicaciones. Teníamos muchas expectativas puestas sobre la diversión que Miami vende a sus turistas. A diferencia de la Nueva York, misteriosa, multiforme y también más distante y formal, en algunos sentidos Miami se mostraba colorida, llena de vida, amigable y cálida. Una persona del staff del aeropuerto nos llevó hasta la otra punta en un carro eléctrico cuando le consultamos adonde debíamos dirigirnos. EL hombre fue claro: "No hay transporte público, acá toda la gente usa el carro pa moverse".
Nuestro Hostel se encontraba en la Indian Creek Avenue. Para llegar debíamos tomarnos un colectivo que sólo nos dejaba a 6 cuadras del lugar.

Nos subimos. Martín y Luca se sentaron juntos y yo unos asientos más atrás. Estaba observando el paisaje de la ciudad cuando de repente siento que la acompañante me mira y de repente me dice: "Hi, how are you (Hola, como estás?), Entre la sorpresa y el nerviosismo la saludé nuevamente y comenzamos a charlar. La chica, de contextura flaca, piel blanca, rasgos simples, me miraba a los ojos con notable pasibilidad pero al mismo tiempo mostrando un inexplicable interés. Rápidamente me preguntó de donde era. Cuando le conté con una peculiar sonrisa y estremecimiento me comentó que anteriormente había estado en Buenos Aires visitando a una amiga. Me contó además que le gustó mucho la ciudad, especialmente su vida nocturna. No parecía una chica de discoteca. Trabajaba en Marketing, tanto su ropa como peinado la mostraba como una chica sobria, agradable y sencilla. Era canadiense, específicamente de Quebec. Eso explicaba su atractivo acento anglo-francés, Me contaba que Quebec en sus inviernos es muy frío y lo beneficioso de Miami era que estaba a sólo 4 horas de vuelo y el clima era mucho más agradable. Su vuelo partía en 5 horas y quería pasear por el centro de la ciudad antes de irse. Charlamos un rato más pero llegamos al lugar donde teníamos que bajarnos. Nos despedimos y me dijo su nombre antes de irse: "Emilee". Luca y Martín me miraban asombrados por lo que acababa de pasar. Yo les explicaba que los canadienses eran muy amigables pero por dentro sabía que había cumplido con mi deber familiar al no seguir hablando. Son esas situaciones en las que no se sabe que hubiese pasado si uno elegía otra cosa. Simplemente ese encuentro se dio en el lugar correcto pero en el tiempo incorrecto.

El Hostel
Caminamos tan sólo unas cuadras y llegamos al FreeHand Miami. El hostel era una casa antigua que mantenía su estilo rústico con un toque juvenil, una perfecta mezcla para un lugar con estas características. Escuchábamos música que venia desde el patio. Salimos y nos dimos cuenta que había una fiesta con un DJ tocando en vivo. Nos sentíamos completamente fuera de lugar. Estábamos transpirados, despeinados y vestidos discretamente. El lugar ofrecía una monumental pileta, mesas y una barra que funcionaba como bar, Estaba acondicionado con luces coloridas, letreros y mesa de ping pong. Fuimos para la habitación. Nos dimos cuenta que por error habíamos alquilado la habitación completa, toda para nosotros. La misma estaba equipada con camas en tres niveles, un escritorio y una heladera pequerña. Era modesta pero cómoda y bien amoblada.
Lo único para mejorar de los servicios en la estadía fue el desayuno. Poca comida casera. La mermelada y la manteca venían en pequeños paquetes de plástico y ofrecían poca variedad de alimentos.
Todo el ambiente era muy relajado pero con un toque de glamour. En una tarde de pileta, una chica, colorada, muy flaca, con un marcado acento británico hablaba con su amiga relajadamente. Se la notaba seria, con gestos de mujer tranquila pero seria. Dos mundos confluían en un sólo lugar. Imaginaba su vida en su país de residencia, sus vivencias, la gente que conoció en su vida. La curiosidad puesta en el otro. El hostel es un lugar de reunión para personas de distintas partes del mundo, con personalidades diferentes, experiencias diferentes que comparte en un instante un espacio-tiempo que probablemente no coincidan nunca más.
















La Playa
Debo decir que nuestra reacción cuando vimos la playa fue de un total asombro. Toda la peatonal costera se encuentra adornada por arbustos que tapaban la vista al mar. Cuando llegamos a la misma el agua turquesa y la arena blanca nos dejó boquiabiertos. Sobre todo porque no lo esperábamos tan hermoso. Sin embargo las playas, o por lo menos esa, no se encontraba tan poblada de gente como esperábamos. La mayoría de la gente del hostel prefería quedarse en la pileta antes que visitar el mar. Grupos de amigos o familias distribuidos se apostaban en la arena, en distancias bastante largas entre grupo y grupo. Me dio a pensar de que la escasez de gente se debía a que no estábamos todavía en verano.





La Ciudad
Al caminar por la Indian Creek Avenue me dio la sensación de estar en cualquier ciudad de veraneo común y silvestre. Lejos quedaba el lujo, la ostentación. los autos fabulosos. Si bien se veian, en la zona donde nos encontrábamos primaba un ambiente mucho más familiar, relajado, distinto del ambiente a fiesta y descontrol que uno espera. Si bien este existe, uno tiene que buscar el lugar y el momento adecuado. Las cuadras de Miami son largas y no ofrece muy buenos medios de transporte como nos adelantó el empleado del aeropuerto. Lo ideal para no esperar tanto tiempo y morirse de calor caminando es alquilar un auto, lo cual es barato, práctico y cómodo, sobre todo si lo alquilan entre cuatro personas.
El trámite para sacar el auto que habíamos rentado previamente fue bastante engorroso. El local se encontraba lleno de personas con mal humor y empleados estresados por las quejas de la gente. En nuestro caso tardaron bastante en encontrar nuestro número de operación ya que lo abonamos con la tarjeta de Martín, a mi nombre. El sistema de peajes es bastante extraño en Miami. Nos ofrecieron una especie de seguro contra todo peaje que costaba unos 30 US$. Lo curioso es que el peaje es todo electrónico. No se puede abonar con tarjetas o monedas en el lugar y te asustan con multas que van desde los 70 us a los 150 us.
El momento dulce después del trago tan amargo fue cuando nos trajeron el auto. Pensamos que nos iban a dar un auto modesto pero cómodo. La empleada estacionó un auto, mediano, cuatro puertas, blanco, con vidrios polarizados y techo y tablero eléctrico. Esperamos unos segundos incrédulos, hasta que la mujer nos miró a nosotros y nos indicó que ese era nuestro auto.
Nunca había manejado un auto automático antes así que pasé uno o dos semáforos en rojo hasta que me acostumbré a no usar el embrague. El auto tenía hasta una computadora a bordo con asistencia satelital por operadora. Miami nos hacia sentir unos ricachones de película por tan solo unos pocos dolares por día.
La oferta gastronómica no era tan barata y diversa como esperábamos. Lo más barato y accesible que uno podía consumir sin cocinar era Sbarro, una franquicia de pastas italianas que vendía diferentes tipos de platos a 10 U$s. Lo positivo del plato es que uno podía agregarle albóndigas o chorizo y eso nos proveía una dosis importante de calorías luego de haber caminado tanto en Nueva York. Habremos comido dos o tres veces ahí. Otra opción bastante rentable era comprar comida para cocinar en los supermercados de barrio, pero como no teníamos una buena heladera y estábamos en la ciudad por sólo 4 días nos decidimos otras opciones. Lo bueno de estos supermercados es que algunos vendían comida hecha pero el precio tampoco bajaba de los 10 U$S.

Los Shoppings
Nunca fue una persona fanática de los Shoppings y hasta, si se me permite, estaba muy en contra de la vida abocada al consumo. Sin embargo, Miami convierte hasta al más acerrimo crítico de las compras, En los 4 días que estuvimos visitamos dos centros comerciales: El Dolphin y el Sawgrass Mall.
El primero quedaba en el centro de la ciudad y el segundo a varios kilómetros, bastante lejos.
Llegamos al Dolphin bien temprano. Juan, nuestro compañero de hostel en Nueva York, nos había recomendado que nos acercáramos a Ross Dress For Less, una tienda enorme con rebajas y oportunidades muy baratas. Nos perdimos entre perchas e hileras de prendas por unas 2 horas. Los precios eran muy baratos pero todo estaba desordenado y con talles dispares por lo que encontrar una prenda se convirtió en una verdadera rueda de la fortuna. A esa altura ya me sentía estresado de tanto buscar y lo cierto es que recién comenzábamos. Luego seguimos por varias tiendas en donde lo que primaban eran fabulosas promociones 2 x 1 donde ni siquiera uno tenía que comprar el mismo producto para poder utilizar la promoción. Estuvimos 5 horas y personalmente me contuve bastante de comprar ya que ibamos al Sawgrass al día siguiente y no queríamos arrepentirnos de haber gastado demasiado en el Dolphin.
Al día siguiente en el Sawgrass nos dimos cuenta que, si el Dolphin era un shopping impresionante en cuanto a estructuras y precios, este era el Moby Dick de los centros comerciales. Un total de 6 sectores y mas de 100 tiendas. Tardamos 8 horas en recorrerlo todo. De la visita, el punto más alto fue la tienda de Levis y lo barato que estaban los jeans comparados con los de Argentina. Por 120 U$S uno podía llevarse tres prendas con variedad de formas y talles para elegir. La oferta de estilos era abrumadora. Uno debía buscar su talle tanto en ancho como en largo.  Luego de 5 jeans que no me entraban, estaba tan cansado que me llevé unos "Straight Fith" como ultima opción. Iba a dejarlos porque me quedaban grandes pero la vendedora me explicó que se achicaban dos talles luego del lavado. No sé cuál es la verdadero objetivo de eso pero lo cierto es que me fui un tanto sorprendido de esa característica y finalmente, por cansancio mental, me los llevé.
Pero el mundo de las compras no terminaba ahí. Otra experiencia curiosa se dio cuando una vendedora muy bella y simpática me tomó de la mano. ¡Que estúpidos que somos los hombres!. Esta chica, castaña, de rasgos simples, sonrisa amplia y tono de voz amigable se llamaba Bar. Vendía esos sets de bellezas para uñas del mar muerto que a la ligera parecen más un timo que un producto. La venta fue ardua. Producto de mi curiosidad le pregunté diferentes cosas y ella, mitad por estrategia de venta y mitad por simpatía, contestó. Era judía, tenía 22 años y cuando mencioné que veníamos de Argentina nos dio a entender que la mayoría de nuestros compatriotas éramos unos tacaños. En una primera instancia me confundió con un Salvadoreño, por el pelo negro oscuro y la tez muy blanca. Intenté ligarla a mi hermano pero me dijo que su padre solo le permitía entablar contacto con un judío. Le explicaba que el amor no entendía de religiones pero se mantuvo firme, pero agradable, en su postura. Por la buena onda y su tenacidad finalmente accedí a comprarle el producto y para mi sorpresa, las uñas quedaban extremadamente brillosas. No me malentiendan, el regalo se lo día a mi abuela.
Luego de los dos días de compras nuestra habitación se convirtió en un depósito de bolsas y cajas de artículos variados como remeras, perfumes, zapatillas y camperas. Fue una verdadera odisea para los 3 re-acomodar las valijas (que por cierto también fueron compradas en los shoppings) para que todos los productos nos entren a la perfección y no excedan el peso del vuelo de regreso. El rostro de preocupación de Luca se llevaba todas nuestras sonrisas. Ofuscado peleaba con el cierre de la valija que se resistía gallardamente.
Miami nos había llenado de autos, lujo y pomposidad y nos encontrábamos llenos como tres bárbaros luego de un festín de jabalí. El contraste entre el consumo, la playa y el color era algo que me había gustado, a pesar de mis expectativas negativas que tenía de la ciudad. La consideraba muy superficial y vacía, sin embargo los contrastes se perciben en todos los rincones del mundo.

Era hora de ir hacia nuestro destino final, Boston. 

7.5.15

Trotamundos: Nueva York - Día 8

Era el último día en la ciudad y queríamos disfrutarlo al máximo. El clima estaba espléndido después de sufrir jornadas lluviosas los días anteriores. El plan para la mañana era ir al Museo Metropolitano (MET). Habíamos coqueteado con la idea cuando fuimos al Central Park pero desistimos a último momento. Martín había tenido suficiente de museos luego de la visita al MOMA así que nuevamente quedábamos Luca y yo solos. Sin embargo acordamos con él disfrutar nuestro último almuerzo a lo grande en un restaurante de Little Italy. La hora de reencuentro sería a las 13 hs. en la esquina de Canal St. y Lafayette St., una zona muy concurrida y con muchos locales de comidas con WIFI gratis (de viaje, al tener los celulares sin roaming ni plan de datos, por ser muy caros, la conexión gratuita resulta fundamental a la hora de conectarse y poder encontrarse con el compañero de viaje).

Desayunamos y nos dirigimos para el Metro. Como el MET se encuentra en la parte lateral del Central Park decidimos hacer una parada antes en el espacio del parque dedicado a John Lennon, ubicado en el lugar exacto donde el líder de los Beatles fue asesinado. Al llegar al lugar notamos que el espacio tenía una atmósfera propia que coincidía con la impronta del autor. Mucha gente se sacaba fotos con el dibujo circular pintado en el suelo con la palabra "Imagine". Un artista callejero intepretaba "Let It Be"con su guitarra y la gente parecía contagiarse de "la buena onda" y los sentimientos de paz que Lennon profesó en los últimos años de su vida.
Seguimos camino al Met. Como dije al principio habíamos dudado bastante de visitar el museo. Las razones que nos hacían dudar era el precio de la entrada, unos U$S 25 y luego, en mi caso particular, el hecho de ir sólo. Sin embargo, como había visitado anteriormente el Louvre, el museo Vaticano, el British Museum (a este por tiempo sólo llegué a la puerta) y la Galería de la Academia entre otros no quería perder la oportunidad de añadir a la lista otro de los museos más importantes del mundo.
Hicimos la cola para entrar y rápidamente nos dimos cuenta que en la vida el que no arriesga no gana. A pesar de que fui preparado para abonar los 25 U$S, la recepcionista nos dijo que el monto era  solamente sugerido. Dejé de todas maneras 15 U$S (mucha gente dejaba tan solo una moneda) y rápidamente entramos al lugar. Ya en la entrada las estatuas de la Grecia Clásica mostraban un panorama despampanante. Alrededor de 50 esculturas griegas bien conservadas me rememoraban a mi paso por Atenas. Pude contemplar a Hércules, Hera y otros dioses y figuras míticas del olimpo ejemplarmente retratadas por la mano de escultores que vivieron y murieron hace miles de años atrás.


Luego continuamos por la sala de arte de Oceanía, África y las Américas donde se muestran objetos de culturas antiguas nativas. Allí pudimos disfrutar Totems de 4 metros de altura, estatuas de caras gigantes y hombres de madera tallada de 4 metros. Cuando uno observa este tipo de cosas recuerda toda la destrucción de la asimilación del hombre europeo en los distintos continentes. Contradictoriamente, la existencia del colonialismo hace posible disfrutar de estos elementos extraordinarios, conservados en un estado impecable,
Al terminar allí seguimos por los salones de la Europa del siglo XVIII. Los salones estaban perfectamente decorados con sillas coloridas, camas de madera macizas con tules y unas arañas de cristal imponentes. Seguimos a la zona dedicada a las armaduras, donde una fila de 12 caballeros montada como si estuvieran cabalgando se llevaba la mirada de todos. Pero no sólo había armaduras y armas provenientes de europa, también encontramos muchas armaduras de samurais y guerreros chinos. Al terminar el espacio de armaduras desmbocamos en la reconstrucción de la fachada delantera de un palacio, con esculturas y asientos para los visitantes. Era un sitio agradable ya que a los costados, los grandes ventanales de vidrio permitian una gran entrada de luz.
Continuamos por el área dedicada al Antiguo Egipto. Vimos gran cantidad y variedad de momias y sarcófagos. Desde niños hasta adultos. Sin embargo las dos atracciones principales eran el templo de Dendur y el Templo de Perneb, ámbos reconstruidos como si estuvieran todavía en su lugar original.
El más majestuoso e imponente era el Dendur. Además de tener mayor tamaño, su entrada estaba custodiada por dos esculturas faraónicas y una gran pileta de agua.
A pesar de que disfrutábamos mucho todas las maravillas ya vistas, se acercaba la hora del encuentro con Martín así que decidimos aprovechar los últimos minutos en la tienda de regalos. Compramos algunos recuerdos y salimos.





Nos había quedado pendiente probar el pretzel que vendían frente a las escalinatas del museo. Compramos uno y al probarlo nos llevamos una gran desilución. No sabemos si era ese caso particular o la receta en sí pero el gusto era extremadamente salado. La cara de asco y reprobación de Luca fue mucho más alta que la oportunidad en la que probó el Frappe. No me gusta la idea de tirar comida pero esta fue la excepción, comimos unos bocados más y lo depositamos directo al tacho de basura.
Tomamos el metro y nos encontramos con Martín en el punto acordado. Los tres caminamos nuevamente hacia el lugar que visitamos días atrás. Entramos a un lugar pintoresco que estaba justo en la esquina. Comencé a observar al mozo y no pude evitar las comparaciones con los que tenemos aquí en los restaurantes de buenos aires. Buena actitud, mucho mejor sentido del humor y esa actitud barrial, cálida. Se me vino a la mente nuevamente lo visto en Ellis Island. Imaginaba la cantidad de familias divididas y hermanos emigrando a Buenos Aires o Nueva York en busca de mejores oportunidades, Me gusta imaginar que la humanidad es tan sólo una banda de hermanos y lo cierto es que tal vez verdaderamente lo sea, sólo hay que abrir los ojos y la mente un poco más.
Para el almuerzo pedimos pasta y mientras que a turistas de otras latitudes este plato les generaba una gran admiración, para nosotros era algo ya visto gracias al peso de la ascendencia italiana en la gastronomía argentina.
Martín había arreglado con su primo Gabriel de ir a cenar a su casa esa noche. Terminamos de comer y aprovechamos la zona para comprar algún buen vino para llevar. Gabriel y Scott tenían un buen paladar gastronómico y no queríamos defraudarlos. Cuando le consultamos a la chica que atendía el lugar rápidamente nos aclaró que era ecuatoriana. Nos contó que estaba en la ciudad desde los 19 años y trabajaba desde entonces. Nos ayudó a elegir el vino, hablamos unos momentos más y nos despedimos de ella.
Pasamos por el hostel a cambiarnos y salimos para Astoria. Si bien era muy temprano todavía (17 hs.) queríamos aprovechar para conocer y recorrer el barrio, Tomamos la línea Q del Metro. El trayecto demoró aproximadamente 40 minutos. Astoria es un barrio residencial en las afueras de Manhattan. Se destaca por sus casas bajas y la gran diversidad étnica que hay en sus habitantes. Gabriel nos contó que en el barrio reside una fuerte congregación de la comunidad griega, posicionándose como la segunda más importante fuera de Grecia. Caminamos un buen rato por las calles del lugar. Calles poco pobladas, mucho más verde y negocios de barrio creaban una atmósfera de tranquilidad y armonía que no se ve en Manhattan. Compramos algunos refrigerios en un almacén de la zona. No perdimos oportunidad y probamos la coca cola de Cherry y su gusto peculiar, a Cherry. Como faltaba alrededor de una hora para llegar a la hora señalada hicimos parada en un parque del lugar. Mientras Luca intentaba conectarse al Wifi y Martín aprovechaba el descanso para tomarse una pequeña siesta yo, como de costumbre, me quedé observando a la gente. Niños jugando con sus padres, grupos de adolescentes jugando al fútbol y parejas caminando plácidamente me demostraban lo enriquecedores que son las plazas alrededor del mundo. Allí se puede ver la faceta pacífica, recreativa y amigable de las personas. Esperamos en el lugar un rato más y retomamos la marcha para la casa de Gabriel.

La casa era tal cual como se veían en las películas. Un pequeño jardín al frente, ambientes espaciosos y un gran jardín atrás. Gabriel se presentaba como un gran anfitrión. Preparó unos bocados de diferentes cosas y nos ofreció martinis y cervezas importadas de distintos países. El plato principal eran las clásicas costillas de cerdo a la barbacoa. Para que no se pasen de la cocción justa las seguía desde cerca y medía constantemente la temperatura de la parrilla con un termómetro. La casa, bien decorada y equipada (todo conectado al Google TV) era un palacio de la modestia acompañada del buen gusto. Todos los detalles sumaban confort sin ninguna pizca de ostentación. La mimada y consentida de la casa era Clara, una perra golden retriever jugetona y muy amigable. Gabriel nos mostraba lo disciplinada que era con las clásicas indicaciones "Sit" o "Roll Over" que la perra obedecía y recibía posteriormente una galleta como premio. Al rato llegó Scott. El era oriundo de Tenesse y se dedicaba al asesoramiento de empresarios. Amigable, de sonrisa fácil y mirada simple se mostró como un buen conversador, a pesar de mi modesto inglés. Cuando le pedí disculpas por mi no tan vasto uso del lenguaje contestó: "No te preocupes. Vos hablás mejor inglés de lo que yo hablo español". Hablamos largo y tendido de todo. Lo que inicialmente fue una charla cortés se convirtió en una mucho más amena y divertida. Ambos eran muy cultos y por sobre todo, humildes. Comenzó a hacerse de noche. El cocinero de la casa trajo el plato principal acompañado de papas rústicas y choclo hervido. Probamos la primer tanda de costillas, Estaban como decirlo, perfectas. Con tan sólo una mordida se deshacian en la boca. Para que el gusto sea mucho más intenso Gabriel nos ofreció tres opciones diferentes de salsa barbacoa, una dulce, una común y otra más picante. Como mi curiosidad pudo más, probé todas ellas. Miré casi sin querer la hora y eran pasadas las 10. Seguimos hablando un rato más plácidamente hasta que llegó la hora de irnos. Me sentí cómodo y muy a gusto, como si conociera a Scott y Gabriel de toda la vida o fueran también primos míos. Nos acompañaron hasta la puerta y nos desearon buen viaje.




Seguimos en dirección a la estación del metro. Había tomado demasiados martinis y mis piernas por una extraña razón (el alcohol) se arrastraban. Cantaba y saltaba de alegría. Nuestra estadía en Nueva York terminaba. Mañana salía nuestro vuelo para Miami. Nos despedíamos borrachos, con el estómago lleno, una sonrisa y una mirada melancólica que apuntaba hacia el cielo negro y profundo de la ciudad.




















2.5.15

Trotamundos: Nueva York - Día 7

El ante último día en la ciudad lo utilizamos para descansar un poco y compensar el ritmo que tuvimos días anteriores.
Mientras que Martín decidió quedarse durmiendo un rato más, Luca y yo fuimos a desayunar. Quería probar algo similar al tentador bagel que desayunaron mis compañeros días atrás así que decidimos entrar a una clásica cafetería neoyorquina. No tenían bagels así que me decidí por un sandwich de pollo, cheddar y salsa picante acompañado de chocolatada. Honestamente pensé que el picante iba a ser un tanto suave pero nuevamente me equivoqué. La lengua picaba como la muerte y mis labios se encendían como si tuviera una llama de fuego cerca de ellos. La única forma de apaciguar el malestar era dándole unos buenos sorbos a la leche chocolatada. Obviamente, cuando se trata de picante, uno simula estar bien como si no pasara nada pero lo cierto es que no disfruté para nada el desayuno.
Luego de esa sufrida experiencia nos encontramos con Martin en Penn Station. Aún no teníamos planes para el día siguiente y él quería averiguar para hacer una visita relámpago a Harvard en Boston ya que nuestra estadía futura en la ciudad era de tan solo una tarde y una noche. Martín se decepcionó mucho cuando vio que todos los pasajes eran caros y no le convenían los horarios. Salimos de Penn Station y llegamos a Union Square. A diferencia del día de nuestra llegada, que era fin de semana y el clima se presentaba favorable, la rutina del día laboral y la lluvia mostraban a una plaza no tan viva y activa como aquella vez.
Como veníamos arrastrando un cansancio acumulado por el nivel de actividades que tuvimos los días anteriores decidimos almorzar y luego tomarnos el Metro hasta el MOMA (Museo de Arte Moderno). Martin no es una persona bastante fanática de los museos, pero como su plan de ir a Boston se había malogrado y ese día la entrada era gratis, decidió acompañarnos de todos modos. El tramo demoró unos 20 minutos. Una beba del asiento de al lado nos sonreía. Cuando la madre escuchó que hablábamos español nos preguntó de donde éramos. La mujer, de aproximadamente 30 años, se mostraba como una mujer de gestos amables, sonrisa resplandeciente y cálida. Nos contó que conocía Buenos Aires ya que vivió en Sudamérica por 5 años, más precisamente en Santiago de Chile. Luego de la cálida charla nos despedimos de la mujer y la beba que continuaba sonriéndonos. Salimos a la calle y caminamos en dirección al MOMA.
Ya en la entrada nos dimos cuenta que si uno desea visitar un museo y disfrutarlo al máximo no es recomendable ir el día donde la entrada es grauita. Nos topamos con una fila de gente que bordeaba media cuadra alrededor. Tras unos minutos de confusión (y duda de quedarnos o irnos a otro lado debo confesar) sacamos los tickets y entramos. Fue mucho más leve de lo que creímos porque en 15 minutos esa enorme cola avanzó y nos vimos dentro del museo.
El MOMA es, para definirlo de alguna manera, una experiencia onírica. La arquitectura del lugar hace que uno no tenga muy claro hacia donde se dirige. Distintas escaleras y sectores hacen que uno por ahí sienta que está en la película Laberinto, cuando el villano encarnado por David Bowie sube y baja por escaleras que desembocan en lugares distintos rompiendo con la ley de gravedad. Recorrimos el lugar y vimos las obras de Andie Warhol, muy interesantes por ciertas, contemplamos muchos cuadros de Gauguin y hasta llegamos a un sector dedicado a los primeros videojuegos (el de los palitos y la pelota de tenis, tan simple pero no por eso menos entretenido). Lo cierto es que no tengo muchos conocimientos sobre arte pero me da curiosidad. Lo que más disfruté, por ser lo más popular y conocido, es la obra "Latas de Sopa Campbell" de Warhol.

En un determinado momento perdimos a Martín y no teníamos manera de ubicarlo por lo que decidimos esperarlo en el hall de entrada. Allí de casualidad nos encontramos con Juan, que también había perdido a Belén. Nos quedamos un rato charlando hasta que finalmente los dos extraviados aparecieron. Juan nos invitó a su fiesta de cumpleaños. El plan era ir a un boliche de Middle East con algunos argentinos del Hostel. Arreglamos que nos encontrábamos en el Hotel a las 9 para brindar pero ninguno de los tres tenía mucho interés de ir. Optamos por analizarlo en el momento cuando llegara la hora señalada.
Salimos del museo y empezamos a caminar. Antes de volver al Hostel decidimos frenar en "Crumbs", una clásica panadería neoyorquina. Lo atendían dos chicas, muy bonitas y agradables. Decidimos tomar café y probar una "Crumbnuts, copia de la "Cronuts" relatada por Eugene, nuestro compañero de cuarto alemán. Merendamos tranquilamente y seguimos camino. Mientras que Martín optó por volver en subte porque estaba cansado, Luca y yo, a pesar del cansancio, no queríamos perder oportunidad en disfrutar la atmósfera de la ciudad así que dividimos caminos. Aprovechamos para ir por tercera vez a Broadway y Times Square. A pesar del día nublado, mucha gente se encontraba próxima a sacar entradas para el Teatro o simplemente recorrer el área.

Cuando llegamos a Times Square nos topamos con un detalle que no vimos en otras oportunidades. ¡Una tienda vendía empanadas! Nos quedamos observando las reacciones de los clientes. Una chica en un grupo de adolescentes, tomaba la empanada, se la llevaba a la boca y les decía a sus amigas, "Its. Good" (¡está buena!) aprobando con un movimiento de cabeza lo que decía con su boca. Como el día siguiente era el último en la ciudad aproveché por comprarle un regalo a mi hijo en la juguetería que visitamos el día anterior. Como es fanático de Mickey compré un peluche del icónico personaje con una remera de "I love New York". No podía esperar a ver su cara cuando lo saque de la mochila. Faltaba bastante para eso porque, a pesar de todo lo visto, nos encontrábamos sólo a mitad de viaje. Visitaríamos más adelante Miami y Boston
Llegamos al Hostel. Juan, Belén, Martín y los argentinos invitados al cumpleaños hacian tiempo en la recepción.  Por la cara de Martín, nos dimos cuenta que no tenía ganas de ir a bailar y nosotros tampoco. Decidimos quedarnos a brindar con Juan que hasta el final trató de convencernos para que vayáramos pero no tuvo éxito. Una situación graciosa se dio mientras estábamos allí. Juan había prometido en el MOMA que la gente del Hostel había accedido a regalarle un champán de cortesía por su cumpleaños. Cuando se acercó al mostrador de la recepción por lo bajo le recordó de esa promesa al empleado de turno, pero el empleado desconociendo la promesa (o tal vez el chamuyo de Juan, no lo sabemos) le negó varias veces la botella. Juan le insitía en voz baja, como no queriendo que sus invitados lo escuchen. Luego de unos minutos desistió, los que iban al cumpleaños se fueron a bailar. Martín y Luca se fueron a dormir al cuarto y yo me quedé unos minutos más en la recepción revisando el mail y esas cosas. El día terminaba ya. Era hora de juntar fuerzas para disfrutar al máximo el último día de nuestra estadía en Nueva York.